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Puntos de vista domingo, 07 de junio de 2020

Los paradigmas troncales de la cultura: el humanismo

  • Los paradigmas troncales de la cultura: el humanismo
Ignacio Nova
Ignnova1@yahoo.com

Esta entrega postula la cultura como un universo simbólico en el cual los prototipos del humanismo, la civilidad y la calidad adquieren la dimensión de estatutos troncales.

Nace acicateada por la invitación que se nos extendiera a la mesa sobre el tema, impulsada por el Partido Revolucionario Moderno (PRM) en el marco de una concertación social denominada “Cumbre por la Unidad y la Recuperación Nacional”.

Nos sorprendió la cantidad de propuestas contenidas en el Plan Gobierno PRMista y, también, las adicionadas por los asistentes, expresadas como prioridad ante los efectos del Covid-19 sobre diversos ámbitos de la vida nacional.

Escucharlos, nos motivó a discernir sobre la cultura como resultado que en experiencias, credos (normas), habilidades y obras ha desarrollado la humanidad en su tránsito por la Historia el planeta.

Con el deseo de indicar la fuerte incidencia que sobre el concepto cultura tienen los paradigmas Humanismo, civilidad y calidad, hacemos esta primera entrega, dedicada a ubicar sucintamente la esencia humanista de la cultura.

Ernst Cassirer y el “Universo simbólico”.

Erns Cassirer (1874-1945) propuso el desarrollo de una Filosofía de la cultura, es decir de una ciencia especializada en el abordaje, comprensión y estudio de la cultura como hecho social humano. “Antropología filosófica” la designó y planteó sus consideraciones en su obra homónima de 1944.

En esta, arguyó que el ámbito de su objeto de estudio lo constituía un “universo simbólico”. Esto es: paralelo a la naturaleza y repleto de contenidos; cuya función era intermediar entre el instinto subyacente y propio de la biología y el sentido de supervivencias humanos y los actos o respuestas humanas desencadenadas ante ellos, provenientes de sí, la sociedad, la naturaleza y el cosmos.

Bajo este anclaje, propone la cultura como un territorio condicionador y determinante, que interfiere, nutre y moldea los modos humanos de responder ante los estímulos provenientes de los entornos propio (psíquico), social y natural.

La función autoafirmadora de la cultura

Es imposible no apreciar, en el término “responder”, un carácter reactivo a los estímulos desencadenados, desde una perspectiva básica: supervivencia mediante lo que es una cualidad esencial y única de los seres y actos humanos: la auto afirmación. Esto es reaccionar a los estímulos (y posteriormente, necesidades de toda especie) a partir de paradigmas, imaginarios y aplicaciones técnicas y aparatos que superan el “círculo funcional” de Uexküll. Modelados, desarrollados y construidos para ser incorporados como “liberadores” más que como efectores ya que mediante ellos el ser humano se impone al estímulo u objeto de su necesidad, cualificándolo.

Sobre el término “efector”, Cassirer dice: “Cada organismo, hasta el más ínfimo, no sólo se halla adaptado en un sentido vago sino enteramente coordinado con su ambiente. A tenor de su estructura anatómica posee un determinado sistema "receptor" y un determinado sistema "efector." El organismo no podría sobrevivir sin la cooperación y equilibrio de estos dos  sistemas. El receptor por el cual una especie biológica recibe los estímulos externos y el efector por el cual reacciona ante los mismos se hallan siempre estrechamente entrelazados. Son eslabones de una misma cadena, que es descrita por Uexküll como "círculo funcional".

De modo que, en tanto en el reino animal lo efector agota el objeto sin modificarlo, en la tipología reactiva humana (cultura) la reacción desencadenada (efectora) modifica el objeto de estímulo para construir al sujeto, es decir otorgando propiedades, características, funciones, significados y otros atributos a lo natural que les son ajenos, con origen en el sujeto, que sólo lo refieren a él.

Estos “contenidos” que el sujeto incorpora al receptor tienen origen en esa comprobada experiencia acumulada y que resulta del diálogo, interacción o encuentro consigo mismo, sus semejantes, la naturaleza y el cosmos.

Aunque en todas las especies, la experiencia tiene función paradigmática, sólo en los seres humanos desencadena el acto creativo en imaginarios, normas y aparatos.

Esta es, por tanto, la función de la cultura: construir paradigmas autoafirmadores del ser, en sus dimensiones  individuales y colectivas o sociales, en los referidos ámbitos.

La función autoafirmadora de la cultura.

Con autoafirmación se refiere el triunfo humano, del sujeto sobre el objeto; la superación de los determinismos naturales que regulan su interrelación o “círculo funcional”. De esto, los submarinos y màquinas voladoras, incluyendo cohetes espaciales y ciudades orbitales, constituyen ejemplos ilustradores. Afirmación humana ante la presión atmosférica y el oxígeno que además es conquista e incremento de la libertad de toda la especie.

En lo gregario, la afirmación ante lo natural consistió en que las respuestas orientadas a satisfacer los imperativos básicos de alimentación y seguridad fueron progresivamente enriquecidas por la incertidumbre (credos), la experiencia acumulada (saber) y su aplicación (tecnología) en aparatos (estrategias, armas y herramientas). Derivativos  de una cualidad biológica: la capacidad del cerebro humano para desarrollar redes neuronales y grabar cada momento y experiencia significativos en líneas espacio/temporales de memoria denominadas sinapsis.

Anclaje biológico de lo cultural

Aunque todas las especies tienen esta capacidad “cultural” de formar recuerdos y también los usen para orientar sus actos, hay en lo humano algo propio, que lo distingue: la inconformidad ante el modelo de relación objeto-sujeto aprehendido. Para ser aceptado e incorporado humanamente, el círculo funcional ha de ser alterado, de manera que garantice la independencia del ser o, al menos, incorpore algún tipo de descripción o atributo que debilite, erosione o destruya en él su vinculación o referencia directa a lo natural.

Poco se ha estudiado este anclaje esencial de la especie. Sin embargo, es la base y explicación de la diferencia que propicia la vigencia de la cultura como factor diferenciador ante las demás especies. Es la insatisfacción ante el imperio de la naturaleza, de sus determinismos, lo que incita la acción humana, la acción colectivamente afirmativa, la superación de las obstrucciones.

Después del éxito de su acción gregaria (estrategia) para obtener el alimento (caza) o garantizarlo y protegerse (lucha entre especies o “extraños”), los demás animales no realizan otra actividad ni tienen, ante el éxito, otra necesidad. El círculo funcional cierra agotando el objeto, en una relación exclusiva utilitarista, inmediata y directa ante él.

En los humanos es diferente: la utilidad cultural implica actuar sobre el objeto y, de ser posible, incorporarlo. Es una tipología de conducta colectiva estructurada durante el ocio. En los humanos este también adquiere una dimensión de inquietud, de vacío que reclama ser llenado. La insatisfacción es permanente, describiendo una dialéctica propiciadora del desarrollo: la satisfacción de una genera otra necesidad.

De logro, el ocio deviene, milagrosamente, en insatisfacción desconocida, hambre difícil de aplacar. La intensidad de esta necesidad insólita propicia las acciones que terminan desencadenando conductas imprevisibles ante sí, los demás y el medio. Acicateadas por una acción cerebral involuntaria, independiente e incesante, que se mantiene activa durante la vigilia y el sueño.

Esto sugiere que la especie humana y su cultura evolucionan por lo especial de su cerebro incontrolable: una vez que obtiene los “datos” de la experiencia, los concatena de formas lógicas o imprevisibles, determinadas sólo por las características que el ADN imprime sobre las personalidades: imaginativas, ilusas, racionales, curiosas, analíticas, creativas, laboriosas, displicentes… Un impulso poderoso, humanamente imprescindible y rentable.

De modo que podemos decir, inicialmente, que cultura es todo lo que naciendo en el “cerebro”, se concreta en pensamientos, lenguajes, aparatos y objetos (como los arquitectónicos y urbanos, por ejemplo) con la función de garantizar la libertad del sujeto ante el objeto; del ser humano ante la naturaleza y de regular y normar los actos individuales y colectivos.

Humanismo, significado esencial de lo cultural

Esta autoafirmación es la esencia del modelo de relación del ser consigo mismo, los demás (personas, grupos, sociedades), la existencia y la naturaleza. Filosóficamente aprehendida, la denominamos humanismo, de lo que resulta evidente que el objeto es impedir, por ejemplo, atribuir valor cultural relativo a las armas.

El humanismo de la cultura refiere, por tanto, el rol afirmador (individual y colectivamente) que los dispositivos (imaginarios, normativos y factuales) desarrollados por la especie humana, sus diversas sociedades e individuos garantizan. Humanismo es que con ellos incremente su rentabilidad operativa ante sus semejantes y la naturaleza, llenando de contenido y significación su tiempo de ocio (al cerebro lo mata la vagancia), con pensamientos, acciones y obras que le permiten ampliar cada vez más sus niveles de libertad, eficiencia e independencia.

Este atributo se desarrolla  acicateado por una plasticidad cerebral que no cesa en su deseo y misión de ampliar sus conexiones sinápticas y afinar su dominio sobre las motricidades. Independiente ante el cuerpo y el entorno social y natural que lo contienen. Su interés es desarrollar capacidades y recursos optimizadores del desempeño, acumular saberes y liberarse de sus propios límites, a través de imaginarios surgidos de diversificadas y asombrosas conexiones neuronales, no inductivas y, más que deductivas, no causales; que se constituyen en las guías rectoras de los actos para determinar cómo el sujeto aprehenderá los objetos de su interés. Es decir, este nuevo tipo de sinapsis, todavía no estudiadas por la Neurología,  materializan en una libre, imprevisible asociación que une la experiencia y los sentimientos de temor, amor, terror, satisfacción, gozo, dolor, etcétera para generar tipologías “efectoras” enriquecidas que podemos determinar creativas. En este último anclaje tiene origen las artes.

Sobre la civilidad y la calidad como paradigmas troncales de la cultura, volveremos en una próxima entrega.