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Puntos de vista sábado, 06 de junio de 2020

OTEANDO

Abel Martínez y la porosa frontera entre lealtad y mediocridad

Emerson Soriano
Santo Domingo, RD

Mucho se ha hablado de la lealtad como prenda y virtud que adorna los hombres nobles. Mucho se estima la nobleza desde la perspectiva ajena, dejando al sujeto que -supuestamente- la observa o no, sin la posibilidad de expresar o justificar la razón del proceder juzgado.

El ámbito donde con más recurrencia suele evaluarse la lealtad es el político. Según la opinión prevaleciente -simple por demás- un hombre debe ser leal hasta la muerte, a otro, que eligió como líder o como guía, ante cualquier circunstancia. No importa si este último deviene caballero o villano, filántropo o misántropo. Si quieres ser considerado leal, y es más, honesto y coherente, debes permanecer a su lado aupando su causa, por errónea que sea.

Los que así opinan ignoran al “súper hombre” de Nietzsche. No "súper hombre" en el sentido vanidoso de la palabra, sino aquél que sabe poner la dignidad por encima de las miserias, pero no solo respecto de los demás, sino respecto de sí mismo, incluso. Olvidan también la “Dialéctica del amo y el esclavo”, expuesta por Hegel en su “Fenomenología del espíritu” y la que Byung- Chul Han, grafica diciendo: “a todo hombre le es inmanente el anhelo de afirmarse como una totalidad exclusiva en la conciencia del otro” (Cfr. Muerte y alteridad). Pero esa pretensión se reputa idéntica y se vuelve recíproca en cada uno de dos hombres puestos uno frente al otro, ya de modo real, ya de modo imaginario. Y tal cosa deviene en conducta circular de “reconocimiento y negación” de manera respectiva e intermitente.

O sea, que en la medida que el esclavo va descubriendo sus potencialidades de trabajar la cultura y con ella construir la historia , surge en su fuero interno la negación del reconocimiento otorgado al amo, y éste a su vez reconoce a aquél. Esa lucha va y viene , repito, como en círculo vicioso e intermitente, convirtiendo a uno y otro, de manera alternativa, ya en esclavo, ya en amo. Hasta que, un día, sobreviene la negación de la negación, entendida, en mi modesta intelección, como ese momento de ruptura indeseada, pero necesaria, en que cada uno, a partir de lo que podría llamarse su moral particular, escoge ser solo amo, así sea de otro u otros.

En el caso que ocupa el título de este artículo creo que a Abel Martínez Durán, alcalde de Santiago, valorado en una de las primeras posiciones de estima pública en todas las encuestas nacionales y valorado localmente como el mejor alcalde de todos los tiempos en Santiago, la historia le ha impuesto el camino de ser amo - en el mejor sentido de la palabra, claro- y hubo de considerar esa porosa frontera entre la lealtad y la mediocridad que le obligó a tomar un camino diferente, sin necesariamente dejar de ser leal, pero rehuyendo a la mediocridad de permanecer para siempre en un proyecto político que nació por la causa particular de un hombre y terminará con la desaparición de ese hombre, sin más oportunidades para nadie que lo siga  -tal es la característica de la Fuerza del Pueblo, nacida en torno a la figura de Leonel, lo que la convierte más en un proyecto presidencial que un partido político- que, por demás, no tiene la aptitud coyuntural para acceder el poder, todo lo cual lo dejaba -a Abel- sin horizonte de proyección particular. Y a lo imposible nadie está obligado. Y nada más imposible que atentar contra la propia integridad, ya se la considere física, moral, social o políticamente.

Abel Martínez Durán ha resultado solo ser un hombre con la “presciencia” para discernir lo que le conviene al país y lo que, naturalmente, le conviene a él conforme sus potencialidades. Pero también subsume en el súper hombre de Nietzsche. Conoce su destino y trillará el camino para alcanzarlo

-sucedió conmigo y la familia a la que más agradezco y agradeceré por siempre, la familia Wessin Chávez-, espero ser testigo de sus mejores logros. Enhorabuena!