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Puntos de vista sábado, 30 de mayo de 2020

OTEANDO

La última introspección de Beatriz

Emerson Soriano
emersonsoriano@hotmail.com

Beatriz comen­zó a sentirse mal, eso le pa­saba con cier­ta frecuencia, pero ahora su malestar anun­ciaba que ocurriría algo más trascendente, que no sería un simple evento efímero, propio de los padecimientos de salud que en ella se conjugaban. Por eso atinó a llamar a un conoci­do para manifestarle su estado y que éste estuviera pendien­te de cualquier desenlace. Él hizo lo correcto, se apresuró a llegar, y después de forzar la puerta, la encontró ya tendida en el suelo y sin conocimiento.

Corrió a un centro de salud donde le diagnosticaron neu­monía leve y la despacharon a hacer un tratamiento en su casa. Pero Beatriz vivía sola, no tenía siquiera un compa­ñero para, juntos, ser “mucho más que dos”, no tenía un fa­miliar ni nadie cercano en el país. “La chama”, como les decían quienes la conocieron aquí, vino con unos cuantos utensilios de odontología que le permitieron sacar de Vene­zuela -luego de exigirle factura de compra de los mismos, los cuales tenían veinte y tantos años en su poder-, para lan­zarse a la aventura de sobrevi­vir en nuestro país. La chama no mejoraba, pero acaso sintió que molestaba mucho si volvía a llamar su conocido. Y así fue empeorando en lo que podría llamarse el claustro Kafkiano de su desolado hogar, sin sen­tir la tibieza de otra mano jun­to a la suya, sin nadie que le asistiera con un vaso de agua para tomar la medicina, has­ta que, por fin, decidió volver a llamar. Esta vez le diagnosti­caron septicemia. La infección se había apoderado de todo su cuerpo y progresivamente es­taba mermando cada uno de sus órganos. El pasado 6 de fe­brero recibí una llamada de mi hijo menor, que es odontólo­go, para decirme que al llegar a su clínica -en la que Beatriz Marambio atendía algunos pa­cientes para sobrevivir- se ha­bía enterado que ella falleció la tarde del día anterior. La cha­ma terminó sus días fuera de “su país”, padeciendo la más grande miseria, el exilio econó­mico, el peor de todos, víctima de un sistema que dividió la fa­milia venezolana y mantiene cuatro millones en idénticas condiciones. Puedo imaginar la última introspección hecha por ella: “muero fuera de mi patria, lejos de todos y cerca de nadie, merced a la torpeza de un obstinado en el poder. Pa­garía con gusto este precio por una Venezuela reunificada. ¡Viva Venezuela libre!”


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