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Puntos de vista viernes, 22 de mayo de 2020

EL CORRER DE LOS DÍAS

Perfume de un sueño barrial

MARCIO VELOZ MAGGIOLO

 Los olores son documentos en blanco que construyen sus propios tex­tos. Para las aves, recepto­ras de fragancias que des­conocemos, el perfume de los naranjales o de los gua­yabales, el de las cosas que parecen no poseerlo, mar­ca rutas que adivinan los seres humanos, y que nu­merosos seres de la natu­raleza comparten, caracte­rística también de sonidos que desconocidos no de­jan de ser como un anun­cio de los aguaceros o las sequias próximas.

De olores en la literatu­ra existen textos glorio­sos, como lo es El Perfume, de Patrick Suskind, donde aprendemos algo así como es la realidad de las fuer­zas morales e inmorales de la odoración mal inten­cionada, producto de un alma torcida.

Pero no todo es torcido en la perfumación de las cosas.

Hay también silencios arrugados tal y como exis­ten depósitos de perfume tan densos que no pueden penetrar en las fosas nasa­les y pasan e largo sin ser percibidos.

Y Existen también al­tas montañas con perfu­mes nevados, congelados, que con el arribo de la luz estallan y proclaman las versiones de su ocultación desparramándose por pra­deras, arroyos ahora des­arropados, ventisqueros capaces de llevar sobre su lomo helado los mensajes de todos los tipos de olor.

Pienso en los perfumes de la infancia y los recons­truyo.

Olores de yerbabuena y albahaca me siguen. Pero también perfumes nega­tivos material para bruja­das, vulgares muchos, me añublan los sentidos.

Pienso en el anamú que contamina la leche de la vaca, olor que para ella es atractivo y perjudicial pa­ra los que la venden de un cántaro al otro en zonas rurales victimas quizás de asechanzas botánicas.

Pero mis olvidados per­fumes de infancia, anamú aparte, quisiera transmitir­los a mis buenos amigos, aunque muchos ya han perdido el nombre. Vale decir que la conversación y el perfume se niegan a hibridarse.

Nadie podrá nunca dar con la alquimia converso­ra del perfume en palabra.

Aquel que crea que la descripción de un perfu­me es la correcta, pierde el acertijo.

Ningún perfume puede ser descrito en su esencia verdadera, solo sugerido.

Si fuera así, un verso, un piropo lanzado al des­gaire con la intención eva­porable de ser un perfume hablado, podría desente­rrar en la mujer solamen­te recuerdos balsámicos de un romanticismo que, muerto en las literaturas  de hoy, podría aun latir en el corazón que aun posea serrín, viruta de sabores y perfumes del ayer acumu­lados.

Por eso es válido pre­guntarse qué hacer con los perfumes repentinos como el del Ilang-ilang cuando al cruzar el parque, senti­mos su llamado pleno de ayer respirable.

Percibimos el follaje que al abanicarnos dice “aquí estamos”.

La única forma de com­placerlos es la de sentarse frente a la anciana glorie­ta donde una vez las ban­das de música acompaña­ban la lluvia, y apreciar el agua desplomarse mojan­do la imaginación, mien­tras música y perfume, se unen simulando mixtu­ras; aunque música, lluvia y perfume, quejosos co­mo una mezcla de razón que es sueño, al separar­se cuando cesa el embru­jo, ocupan cada uno su lu­gar de origen, misterio que se completa con el cielo de un barrio lleno de noches estrelladas. Villa Francis­ca.