VIVENCIAS

Relación tóxica

JUAN F. PUELLO HERRERA

Cuando se emplea el término rela­ción toxica hay que tener mucho cuidado a qué o a quién se dirige, porque podría crear una confu­sión sobre donde tiene su origen y aquel que la produce.

Además, al referir una relación toxica puede llevar a una falsa apreciación y co­rrer el riesgo al presumirla, que afecte a al­guien ajeno al problema sometiéndola al escrutinio de una persona nociva que daña la probidad de otra que no lo merece.

En cambio, una relación tóxica bien pue­de provenir de una persona que haga que las cosas sencillas sean complicadas; que viva en constante desequilibrio emocional teniendo un discurso negativo y pesimista; que sufra al sen­tirse que no aprecian su trabajo; que aparezca como dependiendo de otro requiriendo siem­pre de ayuda; que contamine a otros por su fal­ta de iniciativa; que se compare siempre con los demás resaltando el bienestar de los otros y sus infortunios personales.

De esta manera, la toxicidad tiene una doble vía: de quien la produce y a quien le afecta. Por ende, genera emociones y esta­dos que afectan muchas veces la capacidad productiva, haciendo sentir un complejo de culpa que interrumpe cualquier iniciati­va tendente a reestructurar aquello que no está funcionando adecuadamente.

En ese sentido se dice que el mejor antí­doto contra una intoxicación es la purifica­ción. Por tanto, para que produzca los efec­tos deseados, solo hay que limpiar, vaciar, desprenderse y dejar ir.