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Puntos de vista viernes, 24 de abril de 2020

EL CORRER DE LOS DÍAS

La Parker de Héctor José Díaz

MARCIO VELOZ MAGGIOLO
mvelozm@yahoo.com

Ahora, hace casi setenta años, nomas, Héctor J. Díaz y Juan Lockward co­men en la fonda La Pata, de doña Tatá Aponte, en la calle Benito González; allí degustan el regenerador y famoso cocido de pata de vaca; el comedor, nocturno a mas no poder, tiene un ni­do colgante para “guitarras bohemias” y uno escribe, compone, mientras el otro convierte en música mu­chas de sus letras; la bohe­mia circula a sus anchas por las calles de mi barrio, Villa Francisca; no era la bohe­mia de parisina cantada por Trenet, y luego por Azna­vour, admirada por el poeta Díaz, sino la bohemia crio­lla que recauda pasados con sabor santiaguero y que re­pite en la voz de Tete Mar­cial lo que ellos compusie­ron, la que canta letras que como buenos poetas de en­tre calles, su ángel musical asimila entre tragos divini­zados por el ron Barceló.

Estoy en 1949, tengo so­lo 13 años y los veo llegar a casa de Pedro Julio San­tana, su eterno amigo, y sé que ha escrito algo así co­mo “fruta del huerto ajeno, o por qué no ha de ser”

“Lo que quiero” lo apren­dí de memoria y lo decla­mé en el patio con cerca de zinc de la escuela Haití; ¡ah mi memoria ahora en deca­dencia!; el poeta Díaz antes de partir hacia Nueva York, donde murió de pulmonía en 1950, tras ella, (La Tur­ca), dejó en manos de Pedro Julio su pluma Parker, bello regalo de un admirador, di­ciéndole “toma, Pedro Ju­lio, toma esta pluma, te la dejo como recuerdo, a mi sólo me ha servido para fir­mar vales”

Colofón
Posiblemente nunca escri­bió con ella un poema. “La Parker,” como la llamaba, fue muchas veces rescata­da de la casa de empeño de Manuel Emilio Peña, en la calle Enriquillo con Ra­velo, antes del sorbo re­parador de la leche batida que servía Trompoloco, en el diminuto bar del mismo nombre.

La memoria tiene retra­tos improbables.

El de Héctor con aquel sombreo de pajita en Bo­nao, donde debuta como lo­cutor con Din Soler en La Voz del Yuna; el de Spen­cer dispersando de voz en cuello su enciclopédica cul­tura, el de Rafael Américo, silencioso, lleno por dentro de paisajes hechos de trans­parencia; son parte de mi materia prima. Viven como otros tantos deseando salir vestidos ya, y como los poe­mas de Bécquer, para pre­sentarse de algún modo “decentes en la escena del mundo”.