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Puntos de vista domingo, 05 de abril de 2020

El dedo en el gatillo

Periodista a tiempo completo

  • Periodista a tiempo completo
Luis Beiro
Santo Domingo

PLUMA EN RISTRE: No creo Hemingway haya sido un mal escritor, sino desigual. En su caso, en la batalla de las letras, el periodista le ganó la partida al literato.

Ernest Hemingway sabía escribir. Era un deslenguado que no protegía sus palabras debido a su espontanea sensación de terquedad. Contrario a William Faulkner, el Premio Nobel se lo dieron por su naturaleza rebelde, por el contenido de su obra, y no por sus aportes formales. Sin embargo, aquella decisión de la Academia Sueca, siempre ha caído bien.

Hemingway no era un hombre de izquierdas, ni de centro, ni de derechas. Era él mismo. En su contexto, enfrentó al gobierno de los Estados Unidos, hecho que lo consagró como un héroe ante la mirada de la izquierda universal.

Sus reportajes y crónicas de guerra, redactados bajo tiros y bombas, en el fragor del campo de batalla se enriquecieron con un lenguaje directo, cotidiano, lleno de reiteraciones verbales, cumplidor de una importante función informativa de la realidad en los distintos escenarios bélicos que le tocaron vivir: La Guerra Civil Española, la Primera y la Segunda Guerra Mundial.

Además de escribir, Hemingway fue un peregrino: Amaba la caza, la pesca, la tauromaquia, el alcohol y las mujeres, entre otras veleidades. No fue un hombre lo que se dice feliz y arrastró toda su vida el rencor contra su país natal. 

Durante algunos años se refugió en Cuba, con su esposa, el yate El Pilar y sus perros amaestrados a los que les dedicó un pequeño cementerio cerda del jardín como constancia de su amor por ellos.

En 1939 compró la finca La Vigía en las afueras de La Habana y allí, después de levantarse a escribir dos folios diarios sobre un podio de madera similar a los usados por los políticos para dirigir mensajes a la nación, se le podía ver en célebres bares y restaurantes habaneros en busca de coros para saciar su inacabable fuerza varonil y su deseo de ser escuchado.

Su amplia biblioteca estaba bien diseminada dentro de su casa. La ordenó por temas: los libros y recetas de alimentos yacían en el comedor y cocina, los de aseo personal se exhibían en el baño, los de cabecera estaban perfectamente colocados en su dormitorio. En la sala y recibidor aparecían enciclopedias, revistas y literatura en general.

La elección de Cuba como tierra de autoexilio no llegó por referencia paisajística. No sería justo decir que el mar antillano lo embrujó. Pero siempre acarició la idea de hacerlo suyo. Se enamoró del pueblo costero de Cojímar donde un riachuelo con entrada al mar serviría de guarida a su famosa embarcación.

Su andanzas mujeriegas lo obligaron a construir, dentro de su propia finca, un pequeño hogar de dos pisos al cual llegaba cuando su esposa dormitada a medianoche, acompañado de faldas indiscretas.

Así pasó largas jornadas. Y asqueado del gobierno de su país, terminó aceptando los elogios y la amistad de Fidel Castro, poco tiempo después de su llegada a La Habana. Después de su muerte, el líder comunista puso su nombre al torneo de la pesca del Marlin en aguas cubanas, a una marina cercana a Jaimaitas, y cuanta más ensoñación se le ocurrió.

En su aventurera vida irregular prevaleció la fuerza del periodista primero que la devoción del escritor. De su obra, algunos solo salvan “El viejo y el mar”. Hemingway, al igual que París, era una fiesta. De una buena parte de su prosa literaria solo sobresalían ciertos episodios ingeniosos y algún que otro drama que el cine inmortalizó. Sin embargo, su periodismo se transformó en un importante elemento de denuncia. Un periodismo hecho con los pantalones bien ajustados y creado en el mismo escenario de los hechos, con las fuentes correctas y el dato preciso.

Hace ya algunos años en una de sus leída columnas del periódico “El País”, el laureado escritor español Manuel Vicent escribió que “Hemingway se dio un tiro cuando descubrió que era un mal escritor”. No creo haya sido un mal escritor, sino desigual. En la batalla de las letras, el periodista le ganó la partida al literato.

Y aunque poco después el propio Vicent corrigió aquel escrito, es justo añadir a la rectificación del autor de “Son de mar”: Hemingway se pegó un tiro con su vieja escopeta porque su vida, obligado por las circunstancias, terminó siendo un espectáculo visual. Fue un gran periodista. Primero que todo, siempre habrá que mirarlo en los campos de batalla, buscando la incómoda verdad.


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