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Puntos de vista viernes, 20 de marzo de 2020

EL BULEVAR DE LA VIDA

El presidente a la orilla de la chimenea

  • El presidente a la orilla de la chimenea
Pablo McKinney
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Existe una raya que no debe ser pisada por el actual presidente, Danilo Medina, por los presidentes Hipólito Mejía y Leonel Fernández, ni por Luis Abinader ni por Gonzalo Castillo. Ni por ellos ni por los demás líderes nacionales. Hablo de atreverse a colocar el interés de sus partidos, gremios, iglesias, capitales, por encima del sagrado interés nacional.

Medina, Mejía, Fernández, Abinader y Gonzalo le deben al país una foto ampliada tomada en las escalinatas del Palacio Nacional, como claro mensaje de unidad frente a la tragedia y a pesar de sus diferencias y de la dura competencia electoral que les enfrenta.

La historia recoge las charlas radiales del presidente Roosevelt en sus esfuerzos por acompañar e inspirar a los estadounidenses en los difíciles momentos de la grave crisis económica de 1929. Hacia esas charlas intimistas, -sentado en banileja mecedora, al fondo una lámpara verde de muy débil luz,- debe dirigirse el presidente, el primero entre sus iguales por expresa voluntad del Soberano.

Las horas difíciles, definitivas y definitorias como las que vivimos hoy los dominicanos son las que muestran de qué están hechos los líderes. El más imperfecto de los políticos ingleses fuel heroico líder que inspiró a su pueblo a vencer el nazismo. Como fue un hijo malcriado del general trujillista Fausto Caamaño, quien heroico representó en el puente Duarte la dignidad de un pueblo mancillado.

En lo que ministros y directores generales hacen lo que tiene que hacer -y le manda a hacer la ley-, dirija, señor presidente, inspire, lidere y sobre todo oriente. No tiene que hablar desde Palacio, puede hacerlo desde su apartamento alquilado, lado izquierdo de la sala, debajo de ese cuadro tan cristiano de doña Candy. Hable al país con más frecuencia, presidente Medina, acompañe a su pueblo en este drama que, de tan difícil, a corto plazo no puede sino empeorar, con perdón.  

Hable al país con más frecuencia, presidente, que no es un dios inmaculado, ni un docto Cicerón de la oratoria lo que en estos momentos necesita el pueblo dominicano, sino una mano amiga, presidente, un líder que le guíe e inspire, como un Francisco Alberto en el puente, como un trinitario en Santa Bárbara, como un Churchill por las azoteas londinenses, o un Roosevelt patriótico a la orilla de la chimenea.