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Puntos de vista domingo, 19 de enero de 2020

El dedo en el gatillo

Un pueblito que se las trae

  • Un pueblito que se las trae
Luis Beiro
luis.beiro@listindiario.com

Mi padre me inscribió en el Registro Civil de Santiago de Las Vegas, un pueblo ubicado en las cercanías del Aeropuerto Internacional José Martí. Esa decisión lo convirtió en mi lugar de nacimiento. Es el sitio a donde debo acudir cuando necesito el documento que me incluye en el ‘team’ de los nacidos.

Por los años 50, Santiago de Las Vegas era una comunidad culturalmente activa pero de pocos intelectuales de renombre. Allí, José Lezama Lima ofrecía recitales poéticos. Juan Ramón Jiménez y Federico García Lorca fueron invitados a las noches paganas de Santiago durante sus respectivas visitas a Cuba. En cierta ocasión, mi padre llevó al célebre pintor Juan de España a tertuliar con los aficionados al arte. El poeta Francisco Simón era el encargado de organizar aquellas veladas inolvidables. Pocos intelectuales famosos nacieron en mi pueblo, pero algunos llevaban en la sangre la manía del conocimiento.

En mi juventud conocí a un compueblano muy peculiar, quien superó su propia intuición. Pudo sobrevivir en el mundo intelectual cubano (tan complicado y ajeno, como el mundo ancho del peruano Ciro Alegría) gracias a su poder de autodefensa. Su arma consistía en conocer la vida y milagros de los demás para usar la información cuando alguien pretendía congraciarse. Esa peculiaridad lo llevó a ser temido (e ignorado) por los que merodeaban la Unión de Escritores y Artistas de Cuba por los años 80.

Como nunca “mereció” un viaje internacional, él se las agenció para participar en un programa televisivo donde ofertaban uno. Respondiendo preguntas “sorpresivas y capciosas” durante cinco semanas consecutivas, ganó el gran premio: visitar, con todos los gastos pagos, la extinta Unión Soviética por espacio de dos semanas.

Con sonrisa socarrona y mirada incisiva sabía de antemano el mal de sus interlocutores y, a veces, en son de broma, hacía alusión de los extraños e intrincados vericuetos de la conducta ajena como para advertir que nadie debía meterse con él.

Pero lo más peculiar de mi compueblano fue su preferencia por aparejarse con féminas de piel negra. Hermosas, decentes e inspiradoras todas. Nunca se casó, pero sí llevaba del brazo a morenas de impresionante belleza con las cuales compartía romances ardorosos e historias de amor inolvidables.

En cierta ocasión me topé con dos funcionarios de la Unión de Escritores que andaban por un parque del Vedado. Por la misma esquina, y en el mismo sentido, venía mi compueblano tomado de la mano con su morena de turno. Ante aquel romance, uno de los intelectuales le increpó al otro: “Bicho, mira eso… y la policía no hace nada”.

Mi amigo y su conquista pasaron con la frente en alto entre ellos quienes, atónitos, los miraban de arriba a abajo como si fueran espejismos.

 Si recuerdo esta anécdota no es por su trasfondo alegre. Fue ese amigo quien me llevó hasta los orígenes cubanos de Italo Calvino, nacido también en Santiago de las Vegas. Sus padres, inmigrantes italianos, fueron dos eminentes científicos que contribuyeron al desarrollo de la Biología cubana.

Si pude entrevistar a la trabajadora doméstica de la familia Calvino, fue por su interés.

Fotos familiares, artículos, publicaciones diversas y revistas con ensayos firmados por su padre, Mario Calvino, llenaron algunos de mis estantes cubanos.

Mi compueblano me propuso preparar un pequeño tomo sobre los días cubanos de Italo, con los materiales suministrados y mis pequeños hallazgos. Tal vez hubiera sido una publicación notoria, pero el pudor pudo más que mi entusiasmo y decidí no hacerla realidad. Lo más representativo del material no había sido investigado por mí. Ese libro tenía que escribirlo él, y solo él.

Un buen día, revisando publicaciones recientes en la librería “Luna” de Santo Domingo, casi caigo de bruces. Entre las novedades encontré un pequeño tomo firmado por mi amigo el cual incluía los materiales que él me entregó. Ese día compré los pocos ejemplares que quedaban y, poco a poco, los fui regalando a mis mejores amigos.