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Puntos de vista miércoles, 15 de enero de 2020

PASADO Y PRESENTE

Gregorio Luperón: notas dispersas (y II)

  • Gregorio Luperón: notas dispersas (y II)
JUAN DANIEL BALCÁCER
jdbalcacer@gmail.com

Restaurada la República, Luperón fue actor de primer orden en el proceso de fortalecimiento de las instituciones públicas y en la defensa de la soberanía nacional. Rodríguez Demorizi escribió que en el plano internacional, Luperón se relacionó con prestantes personalidades de Europa y Norteamérica. Cultivó amistad con el célebre Víctor Hugo; en Inglaterra fue recibido en audiencia especial por Su Magestad la Reina Victoria; y en 1884, mientras visitaba New York, Chester Alan Arthur, el presidente estadounidense -tras enterarse de su presencia en esa urbe-, le telegrafió, saludándole, al tiempo de expresarle su deseo de conocerlo personalmente. En Luperón fueron proverbiales su valor personal y su reciedumbre moral. Es fama que en 1897, entonces muy deteriorado físicamente por la enfermedad que lo abatió y llevó al sepulcro, con cierto dejo de nostalgia expresó: “Los hombres como yo no deben morir acostados.” Se dice que acto seguido intentó incorporarse de su lecho, pero, como ya la enfermedad había minado totalmente su capacidad física, al cabo de un rato cerró sus ojos para dormir el sueño eterno.

El pueblo de Puerto Plata le rindió sentida y emotiva despedida final. El presidente Ulises Heureaux, acompañado de su gabinete y de numerosas personalidades, presidió las exequias, pronunció el discurso de orden y el arzobispo Meriño leyó la oración fúnebre. Al cabo de casi tres décadas, el Congreso Nacional dispuso mediante ley exhumar sus restos mortales del cementerio municipal de Puerto Plata para ser trasladados a la capital de la República. Así, el 16 de agosto de 1926, en presencia del presidente de la República, general Horacio Vásquez, los restos mortales de Luperón fueron inhumados en la Capilla de los Inmortales de la Catedral Primada, en donde permanecieron hasta 1974 cuando, junto con restos de los demás héroes, próceres y mártires de la República, fueron trasladados al Panteón de la Patria. Al resaltar las virtudes cívicas y patrióticas del héroe restaurador, el padre Rafael Castellanos sostuvo que el depurado y elevado patriotismo que dignificó, elevó e inmortalizó a Luperón fue un “patriotismo tan desinteresado y organizador como el de Duarte, tan heroico como el de Sánchez, y tan activo y atrevido como el de Mella”. No cabe dudas de que, durante la Segunda República, Gregorio Luperón devino en el paradigma por excelencia de la independencia nacional.


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