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Puntos de vista domingo, 15 de diciembre de 2019

EL DEDO EN EL GATILLO

El abrazo de la serpiente

  • El abrazo de la serpiente
Luis Beiro

Piomonte es eterno. Allí, todas las tardes, ocurre la primicia mundial: el sol se oculta en el Oriente y anochece antes que ningún país lo haga. 

La región conserva su aire señorial, como la primera capital que tuvo Italia. En sus campos reverdecen los viñedos. Son pompas soleadas que transpiran esplendor. El visitante sabe la importancia de inclinar su frente ante su yo.  Si lo hace, puede tocar su corazón, caminar entre adoquines centenarios y descubrir el calor de sus estatuas, la presencia de librerías atestadas de gentes que saben revivir con la belleza. Hay que plantar allí la huella del respeto, no el eco del turista.

Cinco días fueron suficientes para imaginarla el centro del mundo, de cara a una gran verdad: la inteligencia nunca ha hecho feliz a nadie. Mi familia alquiló una casa campestre en las afueras de Piomonte y, el primer día, mi nuero recorrió los manzanos que rodeaban el hogar. Y al pie de uno de ellos descubrió cómo una serpiente de un metro de largo intentaba atrapar a una pequeña ardilla que pululaba a su alrededor. Al verse descubierta, el reptil volvió a su cueva y fue pasto del olvido.

Ese episodio me hizo recordar la famosa película colombiana “El abrazo de la serpiente” (2015), de Ciro Guerra, donde los exploradores, río abajo, llegaron a un lugar desconocido, donde una extraña tribu practicaba rituales ortodoxos.

La verdadera metáfora de Piomonte tuvo una inesperada relación con la aparecida serpiente, aunque sucedió el mismo día de mi llegada a Torino, la capital de la norteña provincia azurra.

Ya al anochecer, mi hijo, en la puerta del hotel miraba de reojo su reloj. Su hermana con mis nietas su esposo y este engendro de padre sobreprotector llegamos tarde debido al largo trayecto entre Roma y la frontera de Italia con Suiza. Llegamos tarde, pero llegamos. Al divisarlo en la penumbra, mi hija descendió del auto rumbo a su encuentro, y ambos se fundieron en un abrazo que provocó la humedad de mis ojos resecos por el viaje.

El mayor tributo de un padre es sentir el amor de sus hijos entre sí. Por ellos y su bienestar somos capaces de todo. Y los míos han sido el mejor libro de mi vida.

Antes de partir de Cuba, mi pequeño no imaginaba la destreza de un avión y mucho menos que iba a estar separado de su padre por cuatro años. Pero mi hija ya era una adolescente y aquella madrugada me acompañó  hasta la terminal aérea. Allí me dio un abrazo similar al que sostuvo con mi hijo aquella noche de Torino. 

 El hecho de abandonar el ego paterno para aplaudir las decisiones de sus vástagos, dignifica la figura del progenitor. En aquella velada, ellos dos, entre risas y lágrimas se abrazaron de manera compacta, luminosa y libre de prejuicios para despertar la vida en todas sus fases. Aquel episodio no solo me hizo volver a mi infancia perdida, cuando supe ser yo mismo mientras mi padre me sacaba del recreo para llevarme a su aventura. Ese hecho me dio la certeza de rescatar a mi prole, por encima de la fama y la gloria literaria. Y hoy por hoy, ha sido mi éxito mayor y la verdadera razón de mi existencia.