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Puntos de vista viernes, 06 de diciembre de 2019

EN POCAS PALABRAS

Alianza Haití-Israel

  • Alianza Haití-Israel
Juan Guiliani Cury

Mucha gente habla y opina buscando soluciones mágicas para Haití, y mientras eso sucede la vecina nación padece de severos problemas estructurales que tiene que asumir la clase dirigente haitiana.

No sería tanto Estados Unidos, ni la Unión Europea, ni Canadá o Francia, que en verdad han cooperado con dinero y asistencia a la hermana república para impulsar mejores niveles de progreso y desarrollo económico y social.

Un dato aportado por Estados Unidos recientemente, reveló que esa nación destinó casi 600 millones de dólares en cooperación y asistencia a Haití, después del terremoto del 2010. Igualmente, la Unión Europea y otras naciones han sostenido permanentemente ayuda al pueblo haitiano.

Para ser realista, quizás no sea Washington,  Bruselas, ni Ottawa,  Santo Domingo o París, quienes en la práctica  conviertan  el agua en vino, como en los tiempos bíblicos.

Una nación como Israel, que desde 1948  luchó para convertirse en un Estado soberano, pequeño en territorio pero robusto económica y militarmente, sea el país que más podría contribuir a la transformación  de la economía haitiana en áreas como, la agricultura, el agua potable, infraestructura vial y energética, salud y educación.

Los israelitas han logrado notable avance tecnológico como para convertir un desierto en fuentes de producción alimentaria como quizás ninguna nación del mundo en desarrollo ha alcanzado.

El 70% de una población de casi 11 millones vive de la subsistencia agrícola en Haití.

Los israelitas son prácticos, innovadores, trabajadores y van directo a la acción. Haití tiene la oportunidad de concertar una alianza estratégica con Israel y recabar su concurso para transformar su agricultura en un océano de producción de alimentos y potencia exportable de frutas y vegetales al nordeste de los Estados Unidos; asimismo, resolver los problemas de la deforestación y falta de agua, entre otros objetivos.  

Solo haría falta una firme y desinteresada voluntad política de la clase dirigente  haitiana. Brasil es un ejemplo de lo que exponemos.