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Puntos de vista domingo, 01 de diciembre de 2019

EL DEDO EN EL GATILLO

La última mujer y el próximo combate

  • La última mujer y el próximo combate
Luis Beiro

La historia no la escriben los vencidos, aunque le den un guiño al engaño ocasional. Aunque una parte del mundo los consideren triunfadores.  Sus aventuras tarde o temprano chocarán con la razón, con la otra cara de sus verdades, y con la inteligencia que pretendieron insultar. Intentaron escribir una historia. Sin embargo, puede ser posible que, un poco más tarde, se escriba otra: en el mundo de las letras nada se mueve por debajo de la mesa.

En Cuba se ha acomodado una nueva historia cultural que circula como verdad absoluta. Todo su engranaje permanecerá mientras el laberinto de las sombras continúe como estrella fugaz. 

Con su agudeza intelectual y fina ironía, un reputado poeta, crítico y filólogo cubano definió el mal llamado Quinquenio Gris como “una frase que ha navegado con éxito hasta el presente”. Su creador fue Ambrosio Fornet, un personaje cercano a Roberto Fernández Retamar y, para muchos, ejecutor directo de estrategias intelectuales contra la antigua Unión de Escritores y Artistas de Cuba, de la cual un día Fornet llegó a ser Presidente del Consejo Editorial, hasta que pasó a mejor vida por sus “aventuras y veleidades”.

Incluso, su hijo Jorge, publicó “El 71, anatomía de una crisis”, un panfleto donde reitera y amplía los postulados de su padre. Llama la atención que el título de esta “obra” coincide con el año en que Manuel Cofiño ganó el premio Casa de las Américas con su novela La última mujer y el próximo combate.

“Quinquenio gris”, según el filólogo antes citado, era el equivalente cubano a la práctica escritural del “Realismo Socialista”. Esta mala palabra se puso de moda cuando Guillén cayó irreversiblemente enfermo.

Bajo esa frase intentaron aplastar la obra del Poeta Nacional, junto a los resonantes triunfos de Manuel Cofiño y, a su vez, redujeron a cenizas una promoción de importantes escritores cubanos (algunos lamentablemente fallecidos como Osvaldo Navarro, Jesús Cos Causse, Alberto Serret, Alberto Pedro, Elena Tamargo y Raúl Hernández Novás) como Raúl Rivero, Roberto Díaz Muñoz, Carlos Crespo, Ángel Escobar Valera, Chely Lima, Daína Chaviano, Antonio Orlando Rodríguez, Alfonso Quiñones, Roberto Manzano, Cira Andrés, Waldo González López y muchísimos más, junto a artistas visuales, dramaturgos , músicos y cineastas. Eran “muchos” y, como dice el dicho: “había que limpiar la casa”.

Retamar y Fornet (con el apoyo de las nuevas autoridades culturales) se encargaron de meter a los supuestos “miembros del Quinquenio Gris” dentro de un saco como papas podridas y comenzaron a escribir, a imagen y semejanza, la historia de la cultura cubana.

No hay que ser un crítico agudo para descubrir que muchos de los “amigos” de Fornet cultivaron el Realismo Socialista en Cuba. Las novelas de Luis Rogelio Nogueras “Y si muero mañana” (1977) y “El cuarto círculo” (1976, escrita en colaboración) retratan episodios donde el supuesto “héroe positivo” es protagonista.

Publiqué textos sobre la Manuel Cofiño. En Cuba comenté todos sus libros y hasta dovulgué un ensayo (tildado hoy de ateísta) gracias a la generosidad de Ernesto García Arzola, quien lo incluyó en una valoración múltiple sobre este autor.

Lo visitaba en un suburbio de Regla, donde vivía con su segunda esposa, Cira Romero. Él me enseñó las claves de la escritura en prosa. Era un maestro enhebrando historias.

En cierta ocasión le pregunté sobre el narrador kirguso Chinguiz Aimatov, considerado hoy un clásico de la literatura europea. También había sido acusado de ser el artífice del  “Realismo Socialista”.

Cofiño me miró con una fijeza que no podré olvidar jamás, y me aseguró: “Mira, Luis, el Realismo Socialista no existe, es un simple invento teórico. No puede existir porque en la literatura no caben esquemas ideológicos. La literatura se construye en base a personajes, positivos o negativos, que pueden tener un final feliz o no, según la naturaleza del que escribe.Aimatov es un gran escritor que nos trascenderá.  Algún día pondré en blanco y negro mis ideas sobre este tema. Mi literato preferido es William Faulkner. Todos los días aprendo algo nuevo de él”.

Por circunstancias que no voy a explicar, Cofiño y segunda esposa se separaron tiempo después. Él contrajo una relación sentimental con la escritora colombiana Luz Elena Zabala Jaramillo. Visité a la pareja en un apartamento de la barriada de El Vedado. También continué mi amistad con Cira Romero.

Un ocho de abril de 1987, el oleaje del malecón habanero lo invitó a cruzar mar adentro. Por esos días, terminé mi primera novela, “La carnada en el anzuelo”; la llevaba siempre conmigo como juguete recién estrenado dentro de un maletín ejecutivo que traje de mi viaje a Bulgaria. Fueron jornadas intensas las que pasé en procura de las actas de defunción, y en la búsqueda de turnos para su sepelio. El pequeño accidente que lo llevó a un viaje sin retorno, me entristeció. En un sitio que todavía no puedo recordar, olvidé el maletín con el manuscrito de mi novela. En vano traté de recuperarlo. Enterré a Cofiño y con él también perdí el primer manuscrito de aquel proyecto que, años después, reescribí y publiqué en la República Dominicana y que, por supuesto, está dedicado a su memoria.

No soy un “poeta coloquial”, ni de circunstancias. Malo que bueno escribo para mí mismo. Tengo la suerte que algunas personas aprecian las palabras que mis dedos estrujados colocan en el ordenador. Ellas me han hecho feliz y trato de no defraudarlas. No me arrepiento de mi vida anterior, pero tampoco de esta que me ha obligado a emborronar algunas páginas contra la élite literaria que me expulsó de Cuba como si fuera un rastrojo. A esa élite doy las gracias por permitir que mis ideas, más o menos, tomen forma, color y se adentren en semejantes distracciones. Por supuesto, esta no es la historia, aunque el papel donde la forjo no deje de temblar. No pido, ni necesito un rincón en el altar elitista. Solo pretendo la paz interior, y no defraudar a la gente que me ama, aunque su manera de pensar no sea idéntica a la mía.