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Puntos de vista domingo, 17 de noviembre de 2019

El regreso de Rusia no se queda en Siria

Dmitri Trenin
The New York Times

Para muchos en Occidente, el regreso de Rusia al escenario mundial en los últimos años ha sido una sorpresa, y no una que haya causado un agrado especial. Después de la caída de la Unión Soviética, el país quedó relegado a ser una potencia regional, una gasolinería disfrazada de Estado.

Sin embargo, cinco años más tarde, Rusia se mantiene resiliente, a pesar de las sanciones que le impuso Occidente por sus acciones en Ucrania. Ha ganado de manera efectiva, usando la fuerza militar, en Siria: en la actualidad, es un actor influyente en ese país; la victoria ha elevado su prestigio en Medio Oriente y ha brindado apoyo material a las afirmaciones de Moscú que la vuelven a situar como una gran potencia.

Quienes viven este momento con cierta incomodidad deberían acostumbrarse: Rusia no es una superpotencia, pero está de regreso como un importante actor independiente. Además, estará activa en varias regiones del mundo en los próximos años.

Para los mismos rusos, es una sensación de lo más natural. En la década de 1990, cuando el mundo vio a Rusia por los suelos, sus líderes nunca percibieron que el país estuviese acabado. Todo lo contrario, consideraron el declive postsoviético y el retiro del escenario mundial como algo temporal, una situación que Rusia ya había experimentado y que con el tiempo iba a superar. La única pregunta era qué forma iba a tomar.

En la década de 2000, el gobierno de Moscú quedó desilusionado al no cumplir su deseo de formar parte de la extendida comunidad euro-atlántica: sus súplicas para que Estados Unidos lo tratara como un igual no impresionaron a Washington, y las exigencias para que respetaran sus intereses de seguridad nacional fueron ignoradas en el proceso de ampliación de la OTAN. Por lo tanto, desde inicios de la década de 2010, el Kremlin comenzó a trazar un curso que a todas luces chocaba con sus primeras políticas de integración con Occidente.

Con la intervención del Ejército ruso en Ucrania en 2014, culminó la ruptura con el orden posterior a la Guerra Fría que dominó Occidente. La anexión de Crimea y el apoyo al separatismo en la cuenca del Donéts no fueron el presagio de una política para reconquistar Europa del Este, como temía mucha gente en Occidente, sino que cerró la posibilidad de que Ucrania y otras exrepúblicas soviéticas fueran parte de alguna ampliación futura de la OTAN. El amortiguador de seguridad estaba de vuelta. Si, desde el punto de vista del Kremlin, el uso de la fuerza en Ucrania en esencia fue defensiva, la intervención de Rusia en Siria en 2015 fue una maniobra arriesgada para decidir las consecuencias geopolíticas en Medio Oriente, una zona famosa por su peligrosidad para los extranjeros que expulsó la Unión Soviética en la época de la guerra del golfo Pérsico de 1991. Desde entonces, los resultados de la operación militar y las maniobras diplomáticas no solo han confundido a sus primeros críticos, sino que también han superado incluso las propias expectativas del presidente Vladimir Putin.

Los logros de Rusia en Medio Oriente van mucho más allá del éxito mismo en Siria. Moscú se beneficia de una suerte de alianzas flexibles con Turquía e Irán, acuerdos sobre el precio del petróleo con Arabia Saudita y lazos militares recién revividos con Egipto. Ha vuelto a ser un actor con algún tipo de influencia en Libia, una potencia que muchos libaneses desean que les ayude a mantener unido el país y un negociador de seguridad entre Irán y los Estados del Golfo… todo esto mientras mantiene una relación íntima con Israel.

En la actualidad, dentro del panorama de la política exterior rusa, es evidente que destaca ese grado de involucramiento con Medio Oriente. El día de mañana, es poco probable que esto sea una excepción. De por sí, desde hace algún tiempo, Moscú, en paralelo con Washington, ha buscado un acuerdo político en Afganistán. Esto requiere maniobrar entre Kabul y los talibanes; entre Pakistán e India; entre China y Estados Unidos. El mes pasado, Putin captó la atención por recibir a 43 líderes africanos en Sochi; fue la primera cumbre de Rusia con un continente donde Moscú se vende, sobre todo, como un socio en el tema de seguridad.

La credibilidad de esta afirmación no solo se basa en la experiencia con Siria, sino también en el apoyo material y político que Rusia le brinda a Nicolás Maduro en Venezuela, quien sigue de pie, a pesar de que unas 50 naciones encabezadas por Estados Unidos lo declararon ilegítimo hace casi un año. Cuba, otra vez bajo la presión del gobierno de Trump, está fortaleciendo sus lazos con Rusia, como lo demostraron las recientes visitas recíprocas del primer ministro Dimitri Medvedev a La Habana y del presidente Miguel Díaz Canel a Rusia. Además de los regímenes de izquierda en América Latina, Moscú busca extender su influencia hacia Brasil (un miembro colega del BRIC), Argentina y México.

Si lo ocurrido en Medio Oriente sirve de guía, los nuevos bríos de la política exterior rusa no están tan relacionados con el orden mundial como con el lugar de Rusia en ese orden. La Unión Soviética solía marchar por todo el mundo invirtiendo cantidades inmensas de recursos en una causa ideológica perdida y una ambición geopolítica desmedida. La Federación Rusa ha aprendido de esto. Cuando viaja al extranjero, busca amortiguadores de seguridad como en el caso de Ucrania, estatus como en el caso de Siria y, en esencia, dinero en todos los lugares. No hay una estrategia grandiosa, sino una gran búsqueda de oportunidades, con base en los méritos de cada involucramiento potencial. Rusia no les impone ningún modelo a otros y, en su estado actual, difícilmente le sirve de modelo a alguien.

Ahí recae la gran advertencia. Es evidente que Rusia está peleando por encima de su propio peso. La gran potencia de su política exterior no recibe el respaldo de un poder económico proporcional. Su otrora destreza tecnológica ha quedado gravemente dañada. Su élite en el poder está demasiado ocupada buscando dinero para tomarse el tiempo necesario para los análisis y las acciones en beneficio de los intereses nacionales. Y, por supuesto, la reciente política exterior rusa ha tenido su cuota de fracasos y errores garrafales.

Por ejemplo, la decisión de convertir en armas a las tecnologías de internet para influir en las políticas domésticas de otros países ha provocado acusaciones de socios tan importantes como Alemania y Francia, pero no ha logrado que haya un avance en las metas políticas de Rusia. En cuanto a la interferencia en las elecciones, sería prudente que Rusia, como cualquier otro país, se abstenga de meter las narices en los dormitorios políticos de otras naciones, no porque los caballeros no lo hagan, sino porque no suele haber un beneficio, solo una reacción negativa.

Sin embargo, sea como sea, Rusia está de regreso y llegó para quedarse. Sería buena idea que los demás lo acepten y aprendan a enfrentar la situación, sin expectativas exageradas, pero también sin un temor excesivo. En un mundo cada vez más dominado por la rivalidad entre Estados Unidos y China, los principales actores independientes como Rusia podrían tener una participación importante en evitar una costosa confrontación bipolar.


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