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Puntos de vista viernes, 01 de noviembre de 2019

EL CORRER DE LOS DÍAS

La tortuga del eterno retorno

MARCIO VELOZ MAGGIOLO
mvelozm@yahoo.com

Una tortuga “dominicana”, que al parecer conoce, debido al brillo memorioso de su concha, el trayecto del retorno, ha llegado nuevamente  para desovar en las arenas  marítimas de su nido, que  es  el cálido espacio que la naturaleza, cargada de  energía, le ha concedido.  Siete años de ausencia. Una memoria que no ha desaparecido y que ha tenido la suerte de encontrar el lugar presentido antes de que las fuerzas del progreso dieran con el mismo contribuyendo con su desaparición.

La suerte de una tortuga puede también estar escrita, y en vez de echada al aire, como la de muchas aves, y atrevidos pensamientos, echada al mar.  El esplendor quelonio, quizás  oculto en los espacios elementales de su concha, ha sido, a lo mejor,  la antena para la identificación de su mítico  trayecto de   regreso, como el estudiado por algunos antropólogos que anuncian y analizan las  formas del eterno retorno.

Marcada, y ya olvidada su marca, (firma de los que buscan su protección), sin que nunca sepamos su verdadero nombre,  ni quien puso la onda que la orienta en su vuelta al lugar de origen, la tortuga Equis  llameémosla así, es reveladora de un tipo de memoria viajera, -y de una temporalidad casi sagrada, la de una  memora estremecedora que vive y actúa debajo de la naturaleza, trasfondo de los seres vivos,  la que sin ser parte de un intelecto orienta;  la que  posiblemente vive en otros seres sin marca, en aves, microbios y conciencias. (Pensemos en la araña que teje sus conjeturas divinas en una tela de nudos perfectos, o en la oruga cuyo mandato, siempre el mismo, es casi la ideación de   un capullo igual, sello de alguna programación). Y observemos, con la imaginación, el misterio, materia prima de lo inexplicable,  que  marca a su manera la  vida futura cuando un ser sin nombre, como Equis,  retorna a su “país”, a casi  su agua de origen siguiendo su  traslado mediante una  marca genetrix  orientadora, y desova cientos de futuras tortuguitas, pequeñas vidas con marca establecidas,  que desde su nacimiento quedan  en la orfandad, y que en su código  deben llevar el sello del lugar donde nacieron, para un día regresar. Las formas del espíritu, según Brahama, contribuyen con el conocimiento intuitivo, y con el cuido de todo cuanto persiste.

Señales son de la memoria genética,   las  de la tortuga, que no abandona su nacencia y que en alguna célula interna “digiere”  las marcas que la incitan hacia un regreso proceloso, donde la selvática penumbra oceánica no alcanza a desviar su ruta,  para mí, signo de la espiritualidad vital que anida en las formas vivientes, en los mundos interiores,  y más allá (o más acá) de lo que consideramos  como pensamiento.

La primera experiencia en la naciente   tortuga es el arenal, su segunda el exilio natural, la búsqueda de un sexo desconocido, flotante, aparecido por señales inherentes a su especie, la tercera es la búsqueda del territorio donde están  vivas, desde antes de  su nacimiento,  las energías que sugieren  la ruta del retorno, prueba  de que en muchos de los seres vivientes, el retorno es un plan preconcebido por la madre naturaleza.