EL DEDO EN EL GATILLO

Qué bonitos ojos tienes debajo de esas dos cejas…

Luis Beiro

Esto que escribo desde hace más de un año son mis memorias. El informante no debe buscar en ellas palabras temblorosas, reflexiones entusiastas o pueriles.

Me estoy confesando ante mí mismo. Si de algo me arrepiento es haber esperado más de lo debido para hacerlo. Tal vez ciertos episodios no gusten. Hay quienes se pasan la vida viviendo de glorias pasadas, pero aquí solo hay recuerdos entrampados por la ingenuidad del testigo presencial. Pido excusas, pero no tengo otro remedio que lanzarme al mar.

Aquí no aparece el hombre jovial, aclamado por servir, la persona que inclina su frente y no frecuenta los espacios donde no es solicitado. Aquí hay alguien que no bebe, ni fuma, ni se las da de pícaro ingenioso. Aquí está el ser humano cuyo ojo existe no por quien lo ve, sino por lo que ha mirado. Soy un simple fabulador de historias personales que trato de escribir tal y como mi propia conciencia me las dicta. Por suerte, no tengo que rendirle cuentas a nadie.

Quiero que mis lectores se acerquen un poco más a lo que fui. Y me juzguen no solo por mi lado claro, sino también por los pecados del alma. Por suerte tengo vida que contar. Y la memoria me da los buenos días. No soy dado al abolengo. Entre otras verdades, puedo darme golpes en el pecho cuando digo que he actuado por mis propios impulsos. Errado o no, este que ahora escribe soy yo mismo. No debo nada. Y hasta ahora he aprendido la lección más importante: sobrevivo.