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Puntos de vista viernes, 30 de agosto de 2019

EL CORRER DE LOS DÍAS

Sueño barrial

Marcio Veloz Maggiolo
mvelozm@yahoo.com

Los olores son documentos en blanco que atraen sus propios textos. Para las aves, receptoras de perfumes que desconocemos, el perfume de los naranjales o de los guayabales marca rutas que no solo adivinan los seres humanos, sino que numerosos seres de la naturaleza comparten o, como una llamada del fruto a la supervivencia de la especie, o como un anuncio de los aguaceros o las sequías próximas, aun esperando la orden para desencadenarse la llegada desde un punto donde la divinidad toma la designación de convertir el clima en una sinrazón manejable.

De olores en la literatura perfumadas existen textos gloriosos, como lo es El Perfume, de Patrick Suskind, donde aprendemos algo así como la fuerza moral de la odoración mal intencionada producto de un alma torcida. Pero no todo es torcido en la perfumación de las cosas. Hay tierras de perfume más denso que intensos, donde pájaros de fuego vienen a picotearlo para que otras aves lo consuman. Y también altas montañas con perfumes nevados, congelados, que con el arribo de la luz estallan y proclaman las versiones de su ocultación desparramándose por praderas, arroyos ahora desarropados, ventisqueros capaces de llevar sobre su lomo helado los mensajes de todos los tipos de olor. Pienso en los perfumes de la infancia y los reconstruyo. Olores de yerbabuena y albahaca me siguen. Pero también perfumes negativos material para brujadas, vulgares muchos, me añublan los sentidos. Pienso en el anamú que contamina la leche de la vaca, olor que para ella es  atractivo y perjudicial para los que la venden de un cántaro al otro en zonas rurales víctimas quizá de asechanzas botánicas.  Pero mis perfumes de infancia, anamú aparte, quisiera transmitirlos a mis buenos amigos, aunque muchos ya han perdido el nombre. Vale decir, que   la conversación y el perfume se niegan a hibridarse.

Nadie podrá nunca dar con la alquimia conversora del perfume en palabra. Aquel que crea que la descripción de un perfume es la correcta, pierde el acertijo. Si fuera así, un verso, un piropo lanzado al desgaire con la intención evaporable de ser un perfume hablado, podría desenterrar en la mujer solamente recuerdos balsámicos de un romanticismo que, muerto en las literaturas de hoy, podría aun latir en el corazón que posee sabores y perfumes del ayer acumulados  sin saber de dónde proceden. Por eso es válido preguntarse qué hacer con los perfumes repentinos como el del Ilang-ilang cuando al cruzar el parque, sentimos su llamado pleno del ayer respirable. Percibimos el follaje que al abanicarnos dice “aquí estamos”. La única forma de complacerlos es la de  sentarse frente a la anciana  glorieta donde una vez las bandas de música acompañaban la lluvia, y apreciar el agua desplomarse; mientras música y perfume se unen simulando mixturas momentáneas como  queriendo ser  algo híbrido; pero música, lluvia y perfume, quejosos como una mezcla de razón que es sueño, al separarse cuando cesa el embrujo, ocupan cada uno su lugar de origen, misterio que se completa con el cielo de un barrio lleno de noches estrelladas. Villa Francisca.


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