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Puntos de vista domingo, 25 de agosto de 2019

La globalización contra la corrupción

  • La globalización contra la corrupción
Carlos Alberto Montaner

Luchar contra la globalización no sólo es contraproducente: es inútil. Cuando los países estaban aislados, importaba poco si la nación hache o be eran corruptas. Hoy, que se integran en grandes circuitos, la corrupción del otro nos perjudica directamente. 

Reinan su majestad Internet y las redes sociales. Todo se sabe instantáneamente y hay algún costo electoral para las desvergüenzas. En Europa hay cada vez menos paciencia con las naciones corruptas. Hace años existe en el código penal la figura “conflicto de intereses”.  

La tendencia impuesta por la globalización es favorable. Ya no hay glamour en la corrupción. En Cuba, cuando yo era adolescente, se contaban chistes sobre políticos ladrones y muchos aspiraban a ser “inspector de Hacienda” para “forrarse”. Esa actitud existe en casi toda Latinoamérica, pero tiene un costo social.

A grosso modo, hay 180 naciones que merecen ser llamadas así. Aproximadamente 150 son medularmente corruptas. El poder económico alimenta a los mandamases y éstos aumentan los recursos del poder económico. Sucede en los regímenes dictatoriales y las imperfectas democracias. 

La corrupción desmiente el principio de que todos los ciudadanos son iguales ante la ley. Entorpece la competencia. Desalienta el esfuerzo personal: ¿para qué estudiar y hacer las cosas bien si el éxito económico depende de las relaciones? Todos son inconvenientes.  

Los países más honrados, según Transparencia Internacional, son los escandinavos y los desovados por Gran Bretaña: Nueva Zelanda, Canadá, Australia, Estados Unidos e Irlanda. Los europeos del norte también figuran entre los mejores, aunque segundos: Holanda, Alemania, los estados bálticos. 

A la cabeza del más honorable pelotón está Dinamarca, pero muy cerca radica Singapur, lo que desmiente la hipótesis cultural. Las naciones europeas de origen “latino” son más tramposas: España, Portugal, Italia, Grecia, Rumanía. Incluso, Francia. 

Pero además del “rearme moral” importa poner trabas legales a la corrupción. Todo acto público debe consignarse en una web para que el ciudadano sepa qué se hace con el dinero de los contribuyentes, con su plata.   

Es necesario crear barreras entre corruptores y corrompidos. No impedir que los lobbies existan, pero sí deben exhibir sus ventajas comparativas por Internet y no en oscuras reuniones con quienes pueden utilizar sus servicios o productos.  

En España se comentaba, jocosamente, de los periodistas “sobrecogedores”. Los corruptores les entregaban un sobre y ellos se lo metían en el bolsillo con una sonrisa. La Internet, los teléfonos móviles y los circuitos internacionales –todos instrumentos de la globalización-- los han barrido del mapa. Magnífico.


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