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Puntos de vista viernes, 23 de agosto de 2019

EL CORRER DE LOS DÍAS

Voces de la República literaria

Marcio Veloz Maggiolo
mvelozm@yahoo.com
Nueva York

Años luego de su publicación, el Romance de la Casada Infiel se había hecho popular entre los declamadores dominicanos que eran comunes discípulos a distancia, de Berta Singerman, en las veladas y presentaciones populares de finales de los años 50 del siglo pasado, cuando el país vivía el oleaje de las declamaciones. El Partido Dominicano del Generalísimo Trujillo financiaba la poesía emboladora, El Violín de Yanko, Los Caballos de los Conquistadores, Lo que Quiero, y Sonatina, con su princesa triste y vaporosa.

“Yo me la llevé al río / creyendo que era mozuela,/pero tenía marido”, señalaba Federico García Lorca, en su Romancero Gitano, y nuestros declamadores sentían como suyos los versos de ocho silabas y rima asonante que fueron en Lorca la muestra de un dominio de su floreciente imaginación cadenciada con métrica sublime.

No aconteció lo mismo con los poemas de Miguel Hernández, nada gitano, pero también rítmico y encantador poeta del octosílabo y del soneto revolucionario, que en muchas de sus creaciones vuelca la acritud de su vida como combatiente republicano en su deseo socialista de una España a fin de cuentas, agonizando las angustias de una guerra civil que fue el tema de muchos de sus poemas, y si no el tema, el argumento de las vidas centradas en la agonía carcelaria y que lograra con su poema dedicado a Ramón Sijé, uno de las más conmovedoras elegías del idioma. “Yo quiero ser llorando, el hortelano de la tierra que abonas y estercolas, compañero del alma...tan temprano”.

Lorca, Miguel Hernández y Antonio Machado, son los poetas cumbres de una época de angustias. El primero fusilado por la Guardia Civil franquista, el segundo muerto de tuberculosis en un encierro maldito que agotó a una de las voces más firmes de la poesía española, el tercero, la voz castellana, en la que se transparentó un exilio de profunda tristeza. Se pude decir que la de Miguel Hernández era la señal de la angustia, la del hombre que moriría luchando por una familia; mientras la vida de Lorca, en libertad hasta que fue apresado y fusilado sin justificaciones, son puntos de referencia para tomar en cuenta la situación prodigada por una  dictadura caracterizada por el irrespeto a las libertades, tiranía que generó la salida de cientos de pensadores, artistas, hombres de letras, que generaron otra república, el país de las nuevas letras españolas, diezmado por una guerra civil y atosigado por una poderío que nunca acogió plenamente a sus opositores, algunos de los cuales, llegaron a tierras del Caribe, y de la América Española, como la República Dominicana, a congraciarse con otro dictador, cayendo luego en las garras del mismo, pero dejando entre nosotros su renuevo; mientras que otros, también de gran prestigio, usando el trampolín de un exilio para ellos malsano, ubicarse en los pocos países donde por lo menos pudieron pensar sin ser presionados por regímenes latinoamericanos de corte dictatorial.

En su momento Lorca,  Hernández y Machado  fueron las voces más altas de la poesía española.  

La obra de Miguel Hernández es también la de un ritmo clásico. La que no olvida la métrica de Garcilaso ni la metáfora a lo Góngora, en la que Lorca fue un destinado. “Viento del Pueblo” y “Perito en Lunas” abren al poemario español de una temática temblorosa, ardiente y a veces sofisticada, en la que los efectos de la vida llena de angustias personales se presentan como  punto clave del intimismo común al espíritu del creador, llevado por la vida misma a los límites de una soledad desgarradora. Ya viviendo en España bajo el final rescoldo de la dictadura franquista, y a veces con Pablo Maríñez Álvarez, el veterano Dato Pagán Perdomo y estudiantes, y con Pascal Peña, leíamos a Hernández, en Viento del Pueblo, el Hernández, romántico a veces, otras, sufriente en la carne el momento de su futura muerte, y dudábamos que todavía Franco fuera el mandamás que construyera un gigantesco panteón para, enterrándose, participar en una reunión final, una fusión de escape, con los “caídos” que un día lo expulsarían de la sacra reunión políticamente proyectada.


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