Relatos Cortos

Como Jesucristo, el que se mete a redentor muere crucificado

Roberto Valenzuela

Este artículo se habría hecho demasiado largo si registramos los episodios importantes en la vida de Augusto César Sandino. Nos limitaremos a contar los últimos minutos de su vida y lo que gritó su hermano, Sócrates Sandino, al oír los disparos con lo que asesinaban al hazañoso general.

A Sandino le pasó igual que a todos los cristianos-héroes americanos: Pancho Villa, Emiliano Zapata, El Che Guevara, Francisco Caamaño, Manolo Tavárez Justo: fueron leyendas revolucionarias y los mataron a traición: los apresaron vivos o las revoluciones habían concluido.    

Su lucha guerrillera logró que el ejército invasor de Estados Unidos  abandonara Nicaragua. Antes de salir del país crearon una entidad que defienda sus intereses, la Guardia Nacional, dirigida por Anastasio Somoza. 

Al lograr la paz, tratando de organizar el país, Sandino fue a cenar con el embajador de Estados Unidos, Blis Lane.

“Vengo de la embajada y el embajador me ha dicho que hay que matar a Sandino”, dijo el general Somoza a oficiales reunidos en su casa. A esa hora estaba Sandino, su padre, un hermano y dos generales en una cena en el Palacio Presidencial, donde estaba el embajador, relata Juan Bosch en su Libro de “Cristóbal Colón a Fidel Castro…”

A las nueve de la noche, 21 de febrero de 1933, salía Sandino y sus acompañantes de la Casa Presidencial, pero en la garita fue detenido y llevado a un lugar y fusilado. “Ya lo están matando; siempre será verdad que el que se mete a redentor (como Jesucristo) muere crucificado”, rezó  Sócrates Sandino, al oír las ráfagas de ametralladoras. 

La recompensa  de EE.UU. al “devoto cristiano Judas” Somoza por el crimen-traidor fue ser presidente dictador “para clavar a Nicaragua con los clavos del tormento”, igual que a Jesús, rezaba el poeta Pablo Neruda.