El dedo en el gatillo

“La ventanita del amor se me encendió”

Luis Beiro

Manuel Cofiño, fue uno de los pocos a quien pude llamar hermano. No solo admiré su obra literaria, sino que nunca dejé de escucharlo, ni en las buenas, ni en las malas. Siempre me agradeció las resmas de papel que le llevaba a su pequeña vivienda en el poblado de Regla para que escribiera sus cuentos y novelas. Y  de mi parte, siempre le agradeceré su honestidad, su rectitud y su apoyo incondicional a las nuevas promociones de escritores. Con él, Cuba perdió a “los que aman y fundan”. Todavía hoy no he podido olvidar su sabiduría. Me enseñó a desligarme de los problemas de mis hijos cuando estos aprendieran a andar por sus propios pasos, y viceversa.

Aplicar esa lección me ha servido para ganarme el respeto de mi prole. Son solo tres vástagos, pero los amo como a nada en este mundo.

Sin embargo, algunos bosquejos irreconciliables me han separado de mi primera hija, y todavía hoy estoy pagando un precio íntimo.

Cuando ella nació, el mundo fue distinto. Estaba tan inmerso en su existir que no pude descubrir el futuro inmediato. Ella fue un pedacito de amor en mis ensueños. Pero pronto los ventarrones de tormenta llegaron a mi hogar, y no me quedó otro remedio que separarla de mí.  Tuvo que aprender mi lado oscuro, a pesar de que mi primera mirada siempre sería para ella. Un primer hijo es la consagración del ser, al menos para mí.

Pero en los tiempos de su infancia no supe luchar contracorriente. Por suerte, con mi segunda hija reencontré la estocada del renacimiento.  Me consagré a ella sin olvidarme de mi primer amor, llena de desires en mi contra. En vano traté de unir a ambas hermanas. No pude hacer prevalecer los sentimientos de humildad y sensatez. En definitiva, las dos llevan mi apellido y yo hice lo que pude. Intenté inútilmente separar la flor de la hojarasca.

Hoy, mi primera hija me esquiva por causas que aquí no voy a explicar. Pero a mi favor solo puedo decir que no he dejado de amarla. Desde Santo Domingo logró mi apoyo. Y pudo salir de Cuba a hacer su mundo. Hoy, ella dirige su propia agencia de viajes. Años antes publicó su primer libro de poemas, muy celebrado allá en Galicia. Y se enroló en una exitosa carrera como intérprete musical.  Siempre los hijos de padres divorciados luchan porque estos se reencuentren, pero en su caso, las lecciones aprendidas en mi contra solo lograron dudas.

El tiempo se encargó de lo que yo no pude. Hoy, mis dos hijas, son amigas. Se escriben y confían sus dudas y triunfos. Se confiesan y complementan. Al fin saben que son hermanas que nadie podrá separar, aunque vivan en lugares distintos. Porque mi amor no fue ni es de boca para a fuera.

Ambas saben que el amor solo nos deja sueños y recuerdos. Y a mayor riesgo, mayor recompensa. Tiempo me tomó comprender la importancia de no adelantar el devenir de los acontecimientos. Todo debe suceder en su momento. Ni antes, ni después. No creo necesario invocar mi orgullo paterno. Ni la dicha de saber que nada ni nadie pudo contra ellas.