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Puntos de vista sábado, 20 de julio de 2019

OTEANDO

El lenguaje de la diplomacia

Emerson Soriano
emersonsoriano@hotmail.com

 La diplomacia salva al mundo. Ha existido desde que el homo sapiens devino en “animal que piensa” -para tomar prestada una vieja definición griega- y se ha mantenido hasta hoy, y ojalá continúe existiendo “per saecula saeculorum”, por útil, por imprescindible, en la tarea de la conservación de la paz y la seguridad del mundo.

La diplomacia ha sobrevivido en su desempeño, a todos los órdenes -económico, político o religioso-- que el mundo ha experimentado, sobresaliendo siempre como instrumento idóneo para su sostenibilidad y hasta contribuyendo de manera efectiva en sus decadencias, cuando éstas se han registrado. Para trascender por encima de todos los órdenes y en todos los tiempos la diplomacia se auxilia de un lenguaje mutante, un lenguaje de adaptación a todo género de circunstancias, asume colores y matices, subsume a una semántica particular construida al ritmo del interés coyuntural subyacente.

Y es por eso que el observador profano asigna al adjetivo “diplomático” una connotación que, si bien despectiva, encaja en muchas situaciones. De ahí que es frecuente que dicho observador, a la hora de calificar a alguien capaz de quedar bien con todos -o que lo pretende- suele decir la expresión, “qué diplomático”.

Ciertamente, en esencia, el lenguaje diplomático es un lenguaje retórico, el mismo lenguaje de los sofistas, de quienes se suele decir que tenían la suficiente habilidad argumentativa como para defender, “con idéntico brío artificioso”, uno cualquiera de dos postulados antagónicos haciéndolo prevalecer sobre el otro.

El lenguaje de la diplomacia, en muchas ocasiones, sobre todo cuando se trata del observador común, impide hurgar con buen resultado acerca de su propósito final, apenas sí permite conjeturar en función de apariencias, siempre insuficientes para determinarlo.

Pero ello no resta valor a la diplomacia, ya considerada como ciencia, ya considerada como arte, pues llena un cometido invaluable allí donde ni las armas logran comprometer en la actitud cooperante a los entes concernidos en cualquier conflicto.

A despecho de lo anterior solemos asignar significado político al lenguaje diplomático, de modo arbitrario y en consonancia con nuestros prejuicios e intereses. Cada vez que un diplomático actúa lo interpretamos a nuestro antojo. Conviene que dejemos de descalificarnos recíprocamente por la opinión ajena y contribuyamos -con lenguaje sano y propio- al avance nacional, conscientes de que, como dijo Paul Celan: “Algo sobrevivió en medio de las ruinas, algo accesible y cercano: el lenguaje”.