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Puntos de vista viernes, 24 de mayo de 2019

Las aventuras de los evangelios

MARCIO VELOZ MAGGIOLO

 I

Los libros considerados sagrados, han sufrido antes las pruebas de la oralidad. Han pasado del dicho al papel, luego de haber transitado del papel al dogma. Pero en las sociedades iletradas o en aquellas donde la “palabra” sigue en manos de sibilas y shamanes de patio, el libro sagrado habita los parques y plazas transigiendo con el sudor de un pueblo que aún aspira a escucharlo más que a leerlo.

Pocos son los que “entendidos” en la Historia del Cristianismo conocen los argumentos del fraile San Jerónimo, cuando la confusión reinante sobre la autenticidad de los Evangelios dispersos y modificados ya en el siglo IV, el papa Dámaso le requirió para que seleccionase aquellos que podrían considerarse auténticos.  El fraile no rechaza el mandato. Honesto, y sabedor de la dificultad que esto conllevaba, expresó su preocupación frente a las tantas opiniones de un cristianismo dividido en creyentes diversos, y de cuya versión, hasta cierto punto aventurada, podría salir más que una aceptación, un rechazo.  Se trataba de confrontar aquellos escritos con suficiente veracidad para ser considerados auténticos. Solo en el siglo I después de Cristo comenzaron a aparecer transcripciones escritas tomadas de la oralidad, surgidas de las versiones de pequeños grupos que, sin haber conocido a Jesús, ampliaban o disminuían sus hechos. Se sabe que varios papas intervinieron los evangelios seleccionados por Jerónimo, (Marcos, Lucas y Mateo) vinieron; escritos en latín a formar parte del texto bíblico denominado luego Vulgata Latina. Todavía en aquél período la fragmentación de las prédicas y conocimientos de la vida de Jesús eran discutidos en pequeños círculos de creyentes, que organizados como “ecclesias” eran dirigidos por “obispos” seleccionados por aclamación.

Recordemos que en el año 70 de nuestra Era, cuando Judea se rebelaba contra los mandatos del César, la inicial cultura y teología predicada por Jesús encuentra solo espacio de cultivo y crece desde los predios de Roma. Ya, de los discípulos de Jesús, solo queda el recuerdo de su martirio y es cuando aparece el griego Pablo y se hace presente el “logos”.

En 1590, sin embargo, estable aún la concepción que llegó a declarar en el Concilio de Trento las decisiones de San Jerónimo del siglo IV como auténticas, fueron contrariadas por el papa Sixto V, opuesto a lo ya aprobado, como erráticas. Dadas esas situaciones, el papa Clemente VIII vuelve  a rectificar los libros seleccionados por San Jerónimo, propiciándoles la estabilidad que desde el siglo V hasta el momento fue aprobada en Trento.

La versión de Clemente ha sido la que consolida la historia del llamado Nuevo Testamento, pero otras circularon, y entre los evangelios llamados apócrifos, existen pasajes que podrían haber sido obviados, por no ajustarse a los llamados canónigos que aceptan tanto los protestantes como los católicos. Otra historia tienen estos escritos cuando hablamos de versiones corregidas por Martin Lutero, con dotes de traductor; y de Calvino, transformado en orador casi sagrado.


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