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Puntos de vista miércoles, 01 de mayo de 2019

COLABORACIÓN

No temen al ridículo

Manuel Fermín

A lo único que se debe temer es al ridículo, me repetía mi padre quien en sus lecturas, me imagino, se toparía con esta expresión: de lo sublime a lo ridículo no hay más que un paso, y que se atribuye a Napoleón Bonaparte en su retirada, tras el fracaso de la campaña a Rusia en 1812. En la profusión de opiniones disparatadas, y en la disputa por quien dice el más grande de los disparates, en su obsecuencia con la repostulación presidencial, aparecen declaraciones de dos funcionarios del Gobierno que, aunque conviven en el mismo entorno oficial, uno es experimentado, pero arrogante; y el otro, muda con facilidad de parcela política, es entusiasta y bajo el efecto embriagante del cargo público se desborda en forma ditirámbica. Se han hecho voceros no autorizados del presidente Medina aún él calle y no haya expresado su interés en ello. Mientras el joven y fogoso mundano de la política derrocha lisonjas e indelicadezas teatrales y exageradas, que tengo la impresión que el Presidente ríe a carcajadas oyéndole; asimismo sucede con las erráticas y extravagantes expresiones sobre la Constitución, minusvalorada e irrespetada solo por la mentecatez del sujeto que con aire desenfadado se hace llamar discípulo de Juan Bosch, sí, de ese Bosch cuya obra política ha sido un prodigio de exactitud moral sin renunciar un ápice a sus principios. Parece que conviene leerle ahora que algunos alumnos han perdido el rumbo. Mientras funcionarios, políticos, empresarios, eclesiásticos, etc. que desdramatizan la Constitución, la Carta Magna, no han podido esquivar el ridículo y se adentran en él con actitudes irreflexivas; toda una cosecha no muy prolífica de voceros “cuyo ruido, entienden, estimularía al Presidente a agitar las brasas que marcarían si hay o no fumata blanca final, y que parece no asegurar nada: el presidente Medina sigue sin estar muy convencido de lo que oye y ve; sabe, además, entiendo yo, que puede ser que su decisión termine siendo una patada al avispero por lo crispado del momento político. Es verdad que los sentimientos no se analizan, pero ante un seguidismo tan jurado e incondicional en gente de fe vacilante con la democracia, son dignos de refutación porque se sabe que esa “fe” se retroalimenta del ventajismo y del oportunismo que terminan en lo fementido, en esa suerte de culto a la falta de palabra, a lo falso y a lo engañoso. Así desandan por la política. Estamos en un estado de excepcionalidad del ridículo.