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Puntos de vista miércoles, 17 de abril de 2019

FUNDACIÓN SALESIANA DON BOSCO

Me cargó a calitomé

  • Me cargó a calitomé
Luis Rosario

En aquel tiempo, yo tendría unos trece años, sin contar los largos meses que pasé arrullado en el vientre de mi madre. Si ver la luz del sol significó para mí una experiencia espectacular que me hizo dar un grito de alegría, los meses pasados a la sombra de la cuna materna, dejaron en mí huellas indelebles de ternura.

Volviendo a la edad de adolescente ya citada, fue entonces cuando, entre las mil y una aventuras vividas, iniciamos la fascinante empresa de escalar el Mogote, mediana montaña que hace de observatorio al pintoresco pueblo de Jarabacoa.

Mil quinientos sesenta metros sobre el nivel del mar, altura que se acorta a una tercera parte cuando la subida se inicia en la falda de la montaña. Para subir, jalda arriba, contaba con el fuego animoso de la energía propia de la edad. Pero, de a poquito, el camino se iba haciendo más lento y pesado hasta llegar al momento del no puedo más.

Ni para arriba ni para abajo; la calambrina me inutilizó. ¿Qué hacer? ¿Quién podrá defenderme? La asistencia voluntaria de un cirineo, el entonces Cabo Mota, no se hizo esperar. Como si fuera un saco de lana que había que levantar, me cargó a calitomé y... ¡es pa´ arriba que vamos! Pasada la resaca del cansancio de ayer y mirando la escena en el espejo del entonces, llegó nuevamente a mi mente la imperturbable figura del cirineo aquel, actualmente ascendido a general ad vitam, por aclamación popular. He vuelto a pensar en la escena descrita y renuevo la lección aprendida de que cada persona tiene la irrenunciable misión de cargar a caballito a quienes se cansan o caen en el camino creyendo que es imposible seguir adelante. Así lo hizo Alguien, conocido por todos, que cargó a caballito a la humanidad, porque uno tras otro vivimos la experiencia de la caída y del cansancio subiendo la montaña de la vida. Como sacos pesados, no de lana, sino de maldades, nos colocó en su espalda y cargó con la cruz de nuestros pecados. Nos dio aliento y esperanza, hasta hacernos comprender, con su propio testimonio, que el cansancio y la muerte no tienen la última palabra.


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