EN PLURAL

Bosco Guerrero, o la amistad

Yvelisse Prats Ramírez De Pérez

No sé si fue su historia, o la mía, lo que nos hizo encontrar. Fue en la casona de la calle Sánchez donde vivía la familia Amiama, Bosco entraba y salía con frecuencia, era sobrino de doña Belén, y primo compinche de uno de los hijos, Tavito.

Era más joven que yo, pero su edad mental y ese afán de conocimientos, la bendita curiosidad que lo impulsaba a penetrar en las intimidades de una abundante lectura, lo hacía parecer, contemporáneo, a veces del dueño de la casa, y de los demás intelectuales que formaban su núcleo de amigos. Era afable, simpático, conversador; se abría a escuchar opiniones de los otros, pero sabia mantener las suyas con firmeza, al principio suavemente, luego con voz potente, ripostando, argumentando, sin ceder  posiciones, pero sin irrespetar ni herir al interlocutor, a menos que este lo agrediera primero.

Podía parecer, y lo era, humilde como un franciscano, sin abandonar su confianza en sí mismo, que lo hizo avanzar y destacarse en los diferentes campos de su actividad ciudadana, académica y política.

Donde estuviese Bosco, en la UASD, en cargos de gobierno, en la política, en la lucha contra los enemigos de la democracia que lo obligó a exiliarse del país, sobresalió por su valor sereno, su profundidad en el análisis, y su sentido del humor, y por una inigualable vocación de servicio.

Dar a los demás lo que pedían, adivinar necesidades para aliviarlas sin que se lo pidiesen. Ayudar, apoyar, estimular, contribuir a que alguien varado con dificultad ascendiera un peldaño que parecía inaccesible; eso era una pasión, un ejercicio ciudadano, una especie de gimnasia que conservaba en buena forma sus sentimientos bondadosos, su vocación de servicio y su profesión vital, que era ser AMIGO.

En la UASD de ayer, la del Movimiento Renovador, dirigió el Departamento de Bienestar Estudiantil. En esa posición pudo saciar sus impulsos filantrópicos. Muchos profesionales que ejercen, aquí y en el extranjero, lo son por las becas que sin excesivo papeleo les cedió Bosco Guerrero. Si en nuestro país se hace una encuesta sobre ¿cuál es el dominicano más querido? no dudo en apostar que Bosco Guerrero sería uno de los más nombrados. Además de sus aportes materiales, Bosco daba en cada encuentro, en su interés al escuchar al interlocutor, en su mirar atento, sus respuestas reconfortantes, en su abrazo, una esencia que impregnaba el corazón de un perfume de humanismo, de solidaridad, de compañía. Actuó en política con un coherente respeto a sí mismo, a lo que creía lo correcto, lo pertinente, no para él, sino para el país. Fue, siempre, en los partidos en los que militó, PRD, PLD, un hombre de izquierda, si por ello se entiende, como yo lo hago, creer y querer los cambios que necesita la sociedad para que los derechos humanos y ciudadanos, sean oportunidades para todos y todas, sin privilegios ni acumulaciones injustas. Protagonista o testigo gramsciano de episodios históricos de transcendencia en el último medio siglo del 1900, fue también generoso con sus recuerdos, testimonios valiosos para asumirlos como referentes de una historia que está llamada a ser “Maestra de la vida”.