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Puntos de vista domingo, 31 de marzo de 2019

EL DEDO EN EL GATILLO

No se bañe en el malecón porque en el agua hay un tiburón

  • No se bañe en el malecón porque en el agua hay un tiburón
Luis Beiro

Una de mis artes favoritas fue la pesca. Esta predilección se la debo a mi madre quien, desde pequeño, me enseño a encontrar la salud en el mar, y también los peces. Aquí en Santo Domingo, mi realidad impidió mi temprano acercamiento al deporte acuático. Eso no me inhibía de recorrer el Malecón de Santo Domingo a curiosear las capturas de los heroicos pescadores de orilla. En una de mis andanzas conocí a José, un personaje singular que se dedicaba a pescar tiburones.

José se lanzaba al agua sin piruetas espectaculares. Disfrutaba su salto como si fuera el preámbulo de una competencia. Santos, su ayudante, imitaba sus movimientos y, dentro del agua, lo seguía muy de cerca. Nadaban sin parar. Llevaban a sus espaldas tanques de oxígeno para bajar unos setenta pies a preparar trampas.

Conocían de memoria aquellas aguas. Sabían que de ellas surgían espadas invisibles que podían atravesar sus cuerpos. A doscientos metros de la costa comenzaban el trabajo. Bajaban hasta el fondo y allí amarraban  las sogas  de los arrecifes coralinos para que ni la corriente ni las bestias atrapadas se llevaran los anzuelos. Era la trampa principal. Después, soltaban las sogas y, en la superficie, las ataban a tres o cuatro tanques que no podían ser hundidos por nada ni por nadie: servían para determinar cuándo el anzuelo era mordido. Alrededor de la soga, colocaban siete u ocho anzuelos amarrados con pequeñas cadenas para que, con el peso, siempre apuntaran al fondo.

A cada anzuelo le ‘‘enganchaban’’ una gallina, y todo quedaba listo. Cuando el tiburón mordía la carnada, la presión de los balones le clavaba el anzuelo y la soga le impedía escapar. Bajando y subiendo en ese perímetro de costa podía permanecer el tiburón hasta ser descubierto por José, quien organizaba su captura.

Una vez en tierra, descueraba al animal y lo limpiaba con el agua del mar. Luego lo arrastraba hasta su casa dentro de una carretilla y de allí al mercado ambulante donde comercializaba su carne a un precio razonable. Era muy creativo José. Hace mucho que no lo he vuelto a ver. Tal vez se marchó a los países. Pero dudo que un tiburón lo haya mandado a una mejor vida.


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