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Puntos de vista lunes, 11 de marzo de 2019

EN CÁMARA

Una vendetta canalla

  • Una vendetta canalla
Oscar Medina
oscarmedina1974@gmail.com

La arremetida del Procurador en contra de Miriam Germán no buscaba que ella respondiera sobre una relación de amistad o explicara el origen de su exiguo patrimonio familiar.

De haber sido así, pudo cuestionarle directamente sin necesidad de fabricar denuncias anónimas y meterlas de contrabando en las evaluaciones del Consejo de la Magistratura.

La magistrada Germán ni “esta por encima del bien y del mal” ni se encuentra exenta de responder por sus actuaciones.

Todos los servidores públicos están en el deber de rendir cuentas, y quien se postula para una posición tan importante como juez de la Suprema Corte de Justicia debe responder sobre todo lo que sus evaluadores consideren necesario.

Lo que se repudia es el intento de desacreditarla de forma artera y en franca violación de los procedimientos.

Un ataque que en ningún caso forma parte de un supuesto plan del Presidente para sacarla de la Suprema como aducen algunos de sus opositores.

Danilo es ante todo un hombre correcto, incapaz de semejante maldad y respetuoso de la institucionalidad.

No en vano su proceder al frente del Consejo ha merecido el reconocimiento de la sociedad...

Además, si quisiera excluir a cualquiera de los magistrados de la Suprema, sólo necesita utilizar su influencia dentro del Consejo.

No precisa de tretas ni de maniobras desalmadas.

Por tanto, si algún error se le puede atribuir a Danilo, fue permitirle esa bajeza a su subalterno, no detener sus embestidas, y asumir el costo político de no sustituirle por una persona con la templanza y madurez necesarias para ocupar una posición de tanto poder.

No hay entonces que buscarle la quinta pata al gato, la embestida del Procurador contra Miriam Germán fue simplemente una vendetta personal hacia una juez que le desnudó un expediente insustancioso y preparado con evidente falta de pericia.

Fue un desquite por el voto disidente en la sentencia que varió la medida de coerción a los imputados en el caso Odebrecht, en el que resaltó la debilidad probatoria de la acusación y criticó el uso mediático del caso en detrimento de los derechos de los imputados; instó al Ministerio Público a aportar evidencias más contundentes que delaciones premiadas sin imputaciones precisas y directas, en las que abunda el “yo creo” y el “me parece”; y advirtió el fracaso de la acusación en el juicio de fondo si no se profundizaban las investigaciones y se rectificaban sus debilidades.

Pero en lugar de subsanar las flaquezas probatorias del expediente, el Procurador se dedicó a perseguir a quienes se las señalaban.

Hasta que la falta de límites producto de la soberbia le impulsaron a cometer el abuso de intentar mancillar el nombre de una de las figuras más reconocidas, admiradas y respetadas del sistema judicial, con más de cuarenta años de servicio público ejemplar.

Una canallada que la sociedad rechaza, y que deja al Consejo Nacional de la Magistratura sin otra opción que disculparse por el agravio y ratificar a Miriam Germán en la Suprema Corte de Justicia. A estas alturas es lo único decente que pueden hacer.  


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