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Puntos de vista miércoles, 27 de febrero de 2019

PASADO Y PRESENTE

Cartas de Juan Pablo Duarte

  • Cartas de Juan Pablo Duarte
Juan Daniel Balcácer
jdbalcacer@gmail.com

En la disciplina historiográfica, la modalidad discursiva conocida como epístola o carta (siempre y que se trate de un documento proveniente de un actor o testigo presencial de determinado hecho histórico), constituye una fuente primaria de singular relevancia al momento de reconstruir la biografía o el pensamiento político de un prócer. Desde los albores del lenguaje escrito, el género epistolar ocupa un lugar privilegiado en la comunicación interpersonal, ya sea en forma de carta privada, pública, abierta, oficial, científica, amorosa o de tema político. Cuando una carta no es redactada intencionalmente con fines de publicidad, su autor o autora acostumbran a expresar, sin aprehensiones, todo cuanto emana de lo más profundo del alma. Por eso, al reconstruir un episodio específico de la vida de un hombre o de una mujer, sean o no figuras públicas, para el historiador las cartas personales constituyen textos de una importancia capital y, por tanto, devienen documentos de obligada consulta. Conspicuas figuras del pensamiento universal, estadistas, revolucionarios o conservadores, en fin, todo hombre o mujer, excepcional o no, han legado a la posteridad un acervo epistolar a través del cual se ha podido juzgar, con mucho mayor objetividad, su manera de pensar y actuar en coyunturas históricas específicas.

Epístolas célebres.
En los textos bíblicos abundan las epístolas, pero entre las más conocidas figuran las Epístolas de San Pablo. Cuando el Sumo Pontífice se dirige al mundo católico en ocasiones lo hace a través de cartas solemnes llamadas Encíclicas. El Episcopado Dominicano estila dirigir mensajes conocidos como Cartas Pastorales, que invitan a honda reflexión sobre temas políticos, sociales, económicos y morales. Hace más de 500 años, el Descubridor de América, el almirante Cristóbal Colón, sus primeras impresiones “del orbe novo” las plasmó en una carta impresa en 1493 dirigida a Luis de Santángel. Se dice que cuando en julio de 1801 fue aprobada la primera Constitución haitiana, que prohibía la esclavitud y establecía la libertad de cultos, Toussaint Louverture le remitió un ejemplar al emperador Napoleón Bonaparte acompañado de una carta personal que comenzaba así: “El primero de los negros al primero de los blancos”. En la bibliografía dominicana existe un valioso acervo epistolar de prominentes figuras del quehacer político e intelectual. En adición a la correspondencia entre Alfonso Reyes y Pedro Henríquez Ureña, cabe mencionar el Epistolario de la Familia Henríquez Ureña, revelador, entre no pocos episodios importantes, de la angustiante soledad y enfermedad de la poetisa Salomé Ureña. Célebre también fue la carta pública que en 1936 le escribió Américo Lugo al dictador Rafael L. Trujillo, informándole que no podía escribir un libro de historia dominicana solicitado por el Gobierno, porque, para ello, habría tenido que plegarse a exigencias de carácter oficial que reñían con sus normas y principios. Hacia 1946 el doctor Francisco Moscoso Puello escribió una serie de profundas reflexiones políticas y socio-sicológicas en torno al ethos dominicano a las que dio el título de “Cartas a Evelina”.

Cartas de Duarte.
Son memorables algunas epístolas, personales y oficiales, de Juan Pablo Duarte, que permiten apreciar su recia formación liberal y nacionalista, tales como: la carta que hacia principios de febrero de 1844 dirigió a su madre y hermanos solicitándoles vender parte de las propiedades de la familia en la ciudad de Santo Domingo, a fin de recabar recursos para financiar el movimiento independentista; 2) la carta del 18 de junio de 1844, de su puño y letra -poco conocida por las generaciones del presente-, y que la Junta Central Gubernativa (a la sazón bajo control de los trinitarios) dirigió al ciudadano Teodoro Heneken; la del 28 de marzo de 1864, destinada al gobierno provisorio de la Restauración; 3) la del 7 de marzo de 1864, al Ministro de Relaciones Exteriores del Gobierno Restaurador, renunciando al cargo de Ministro Plenipotenciario de la República ante el gobierno de Venezuela; y, 4) la que remitió en 1865 al poeta Félix María del Monte. De acuerdo con Juan Pablo Duarte, la política exterior del gobierno provisorio había tomado un sesgo antinacional, cuyas consecuencias serían lesivas para el interés colectivo, en virtud de que la referida política exterior había devenido genuflexa ante cierta metrópolis de vocación imperialista, cuyo principal interés era subordinar al pueblo dominicano a un esquema de “dominación sin hegemonía”, que bien podía implicar una de estas tres modalidades: a) la anexión del país a una potencia en condición de provincia ultramarina; b) un protectorado político económico a cambio de la concesión de derechos de explotación de diversos recursos naturales; o, c) el arrendamiento de una parte del territorio insular, como, por ejemplo, la bahía de Samaná, en donde se pretendía instalar una estación carbonera y una base naval.