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Puntos de vista domingo, 10 de febrero de 2019

EL DEDO EN EL GATILLO

Conde arriba y Conde abajo

  • Conde arriba y Conde abajo
Luis Beiro

Mis andanzas por la Zona Colonial no solo sucedían por llevar a los Gigft Shop pequeños paquetes de sellos, monedas y billetes en desuso para vender a los turistas.

Le llegué a coger gusto al sitio. Primero, por encontrar refugio en la librería La Trinitaria Internacional que en aquel entonces regenteaba mi amigo Juan Báez y, luego, por descubrir que la calle El Conde no era solo una avenida peatonal, sino un formidable punto de encuentro donde podía compartir con personajes ilustres, ya bien dominicanos o cubanos.

Me era muy familiar la presencia de Chito Henríquez, con quien conversé en más de una ocasión en el Palacio de la Equizofrenia. Me hacía reír la estampa del excelente narrador Pedro Peix quien, con los cabellos y el bigote teñidos, y llevando un impecable traje de color chillón ajustado al cuerpo a pleno mediodía, parecía el protagonista de uno de sus cuentos ejemplares, El fantasma de la calle El Conde. Cierto día encontré en Musicalia al gran actor cubano Reinaldo Miravalles quien no solo me distinguió con su afectuoso saludo sino que pudo responder algunas preguntas que siempre quise hacerle fuera de Cuba. En otra ocasión sentí que me llamaban y al volver la espalda me encontré con el tenor cubano Antonio Lázaro, con quien había jugado algunas partidas de ping pong en la trastienda del Gran Teatro García Lorca, de La Habana.

Mi compatriota María Isabel Martínez me llevó a una tienda popular de aquella avenida para comprar mi primer par de zapatos dominicanos. Ese gesto suyo todavía es para mí una prueba de respeto y solidaridad inapreciable.

  Y para colmo, en plena avenida peatonal presenté con Huchi Lora una antología de décimas dominicanas que ambos preparamos.

Una anécdota que no podré olvidar ocurrió una tarde cuando caminaba con mi entrañable amigo Adriano Mota y otra persona conocida. Los tres descubrimos entre unos escombros, a mitad de la calle de El Conde un billete de cien pesos, algo así como ocho dólares de entonces. Al cruzar frente al papel dinero y percatarse de que ninguno de sus acompañantes  se agachó a recogerlo, Mota se inclinó, lo alzó del suelo y lo guardó en uno de sus bolsillos.

Pocos pasos después, se inició el diálogo entre él y la tercera persona que nos acompañaba.

-¡Dámelo! -casi le rogó a Mota.

-¿Por qué te lo debo dar?

-Porque yo lo vi primero.

-Pero yo me agaché a recogerlo y tú no lo hiciste.

-Pero es que a ti no te hace falta ese billete, y a mí sí.

-Pues si te hubiera hecho tanta falta, te habrías agachado desde que lo viste. Yo simplemente lo tomé para que no lo hiciera el que viene caminando detrás de nosotros.

El hombre, nos miró con desdén. Luego, adelantó sus pasos y se perdió en la próxima esquina. Mota y un servidor seguimos andando y al llegar frente al Altar de la Patria, mi amigo descubrió a un mendigo con una lata de gandules vacía, esperando que alguna moneda misericordiosa cayera en ella. Al llegar junto al hombre, Mota sacó el billete de cien pesos de su bolsillo y lo echó dentro de la lata. Supongo que al ver el gesto, el rostro de aquel infeliz adelantó la llegada de una la Navidad.