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Puntos de vista viernes, 18 de enero de 2019

EL CORRER DE LOS DÍAS

Notas sobre el atuendo celular

MARCIO VELOZ MAGGIOLO

(Al amigo José Alberto Domínguez)

Dicen ciertos sabios y seguidores de la genética, que el “atuendo celular”, es decir el conjunto y variedad de las células que nos componen, cambia cada siete años. Como no pongo nunca en dudas aquello que no  puedo negar, creo que puedo mantener como verdad provisional lo que no puedo negar: muchas de las  verdades en potencia tienen certidumbres hasta que no se definen claramente. Si es así, el atuendo es diferente varias veces en la vida, y  células nuevas sustituyen a las viejas y viven su propia experiencia bajo el llamado bíblico y septenario de “setenta veces siete”, atendiendo a que  el siete es el número esotérico que nos explica  la vida. En el análisis de lo esotérico, la lógica cartesiana obtiene pocos resultados.

Uno de los misterios podría ser el de cuándo, a qué hora, a qué velocidad, o a qué ritmo estos cambios se producen o si lo hacen simultáneamente. Como no sabemos en qué momento se están produciendo, desconocemos por igual si responden a un gerundio o si en su transformación, hay alguna célula o algún órgano todavía incompleto al momento de la muerte, o si en el momento final del cambio se haya completado la transformación.  

También en ciertas menciones de la filosofía oriental, el hombre responde a un proceso de desarrollo septenario. Son siete, las formas de expresión que conforman al hombre “primitivo” vigente en la más temprana prehistoria. Estas proformas humanas las explican teósofos como Leadbeter, Annie Bessant y otros cuyas sugerencias solo son aceptables por sus seguidores. El modelo implicaría que a los cuarenta y nueve años ya habremos cambiado de atuendo casi siete veces, y a los cien, con  suerte, casi catorce.

¿Cada siete años somos diferentes? ¿Pero dónde comienza o termina el calendárico proceso septenario de esos años cuando hemos nacido en fechas diferentes? ¿Lo somos tal vez por fuera, en la cobertura, pero no en el núcleo, donde “el ser” tiene su residencia y en el cuál, según estas suposiciones, el tiempo no transcurre y el mundo, el llamado ‘atman’ por algunas religiones, absorbe las experiencias de la materia que lo envuelve,  ni se arruga, ni enrostra la temporalidad, ni sufre alteraciones físicas, ni puede tocarse, ni verse, ni tolera otras consecuencias que no sean la experiencia espiritual? ¿En tal sentido el ‘atman’ es una secuencia sin sustancias materiales y ajenas a la temporalidad?

¿Son las experiencias del espíritu diferentes, y tal vez reflejan el extracto de lo vivido, aquello que según César Vallejo sugiere que “como si todo lo vivido se empezara en el alma”?  Según numerosas creencias el  alma no envejece, y asimila  las experiencias del atuendo, con las que puede alterarlo mediante el avance de la conciencia.

Si atendemos a esta concepción, el llamado ‘atman’ es a la vez alumno, pero también maestro. Alumno y maestro simultáneos. El alma puede tomar experiencias que el atuendo celular le transmite; la materia mortal, que para  los espiritistas no es otra cosa que el fallecimiento del último atuendo celular que se desordena, dando pié a otras vidas materiales. “La materia cambia de formas, pero nunca muere”, como diría el poeta.

En todo esto la célula es, como protozoario al fín, la madre de otras vidas, pero no es la energía, sino que la contiene, y es allí donde habría que buscar el brío, la fuerza que la mueve y el “misterio”, hasta ahora indescifrable, de la vida  misma. Presente pero inexplicada. Energía y vida son expresiones diferentes.

El proceso celular, hoy conocido como el de las llamadas “células- madre”, ayudaría a entender por qué esta energía puede descansar y mantener su potencialidad, logrando resucitar en una parte similar de un cuerpo que aparentemente inactivo, podría responder a esta reproducción, parecida a la resurrección de un espacio vital del atuendo.

Ese fragmento novedoso, capaz de transmitir a células supuestamente muertas un hálito de vida,  puede mejorar nuestro atuendo, y cuando se incorpora artificialmente al mismo y responde a la incorporación sin rechazo, parece demostrar que mientras haya vida celular, por fragmentaria que sea, podría haber ayuda para el cuerpo, el atuendo generalizado, en el cuál muchas células afuncionales solo momentáneamente muertas, podrían repoblarse de energía y recibir la misma reproduciéndose, porque la base de la vitalidad no ha muerto.