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Puntos de vista jueves, 10 de enero de 2019

EL DEDO EN EL GATILLO

El emperador filatélico

  • El emperador filatélico
Luis Beiro

A Jesús Cos Causse in memorian.

La primera moneda de plata que cayó en mis manos fue un obsequio de Federico Jóvine Rijo. Recuerdo el hecho como si fuera hoy. Estaba en su casa narrándole a su padre mis aventuras habaneras, cuando se me escapó decir que nunca había sido propietario del preciado metal acuñado. Van a cumplirse treinta años de aquel gesto de generosidad hacia mí por parte de un muchacho que hoy día es toda una figura en el horizonte nacional.

Regresé a La Habana con ella como trofeo de guerra. Todavía la conservo. En aquel entonces, sobrevivía del negocio de las estampillas postales. En Cuba aprendí a cambiar los cigarrillos y el ron de mi cuota racionada por valiosas series que me permitían completar mi álbum. También servía de intermediario a grandes coleccionistas llevando sus ofertas a algunas sedes diplomáticas.

Cuando volví a Santo Domingo no solo traje mi colección completa de sellos cubanos, sino mi instinto comercial. Mi amigo Abelardo Llerandi me recolectaba los sellos postales que llegaban de su amplia correspondencia. Con ellos fui armando pequeños paquetes que los lunes de cada semana repartía  por los Gift Shops de la Zona Colonial a precio de consignación, y con la peculiaridad que solo le cobraba a esas tiendas el cincuenta por ciento del precio impuesto. Como sucede en todos los negocios, fueron más las veces que recorría en vano los sitios elegidos, pues las mercancías no tenían venta.

Cierto día, un comerciante del Mercado Modelo me enseñó un secreto que definió mi progreso empresarial.

-“Aquí vienen muchos turistas buscando cosas dominicanas. Prepara solo paquetes con sellos dominicanos. Y moneditas y billetes en buen estado. Y tráelos. Nunca incluyas sellos cubanos ni de otros países”.

Le hice caso y todo fue distinto. Acudía regularmente al Inposdom y al Banco Central a comprar estampillas y monedas de baja denominación que luego colocaba de la manera más elegante posible en envoltorios que repartía cada lunes por las famosas tiendas de la Zona.

También frecuentaba los domingos en la mañana la Sociedad Filatélica Dominicana, de la cual me hice miembro para poder operar legalmente como suplidor de mercancías de ese tipo a los comercios antes señalados. Pero en ese lugar nunca vendí un sello. Sí verificaba los catálogos y los precios de las estampillas para no vender gato por liebre, y colocar un real valor en mis pequeñas ofertas.  

Claro que no me hice rico, pero semanalmente hacía unos pesos extras que, cambiados en dólares, le vinieron muy bien a los míos.

Cuando llegó mi familia, me olvidé de aquel negocio. Recogí mi tienda de campaña y la puse a buen recaudo.