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Puntos de vista viernes, 14 de diciembre de 2018
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EL CORRER DE LOS DÍAS

Emilio Cordero Michel, Un recuerdo mejicano

MARCIO VELOZ MAGGIOLO

Yo había llegado a México como embajador con las intenciones del presidente provisional Héctor García Godoy, de recibir algunos exiliados, cuya presencia en Santo Domingo era dificultosa por una razón: la de su militancia política y bélica, la que los exponía a las fuerzas represivas de la derecha armada, debido a su participación en la guerra de abril, y la del peligro que corrían sus vidas. Un ejemplo claro de esta medida fue el exilio político de connotados militares como el propio Caamaño, quien iría a Londres, y a México su ayudante, Fernando Pimentel, conocido como Vejez, así como varios oficiales y personalidades simpatizantes o pertenecientes al gobierno constitucionalista, desgajado para la consolidación de un posible pacto por la paz.

El presidente García Godoy, quiérase o no, se convirtió por cuenta propia en un hombre atrapado en su propia búsqueda de equilibrio, entrando en la mira de aquellos cuya confianza en él era indecisa, principalmente en la del Lic. Balaguer, su correligionario, quien nunca confió en que nadie con futuro político que pudiera hacerle sombra o entorpecer sus aspiraciones.  

García Godoy estuvo dispuesto a escudriñar soluciones e intentar “lo manejable”, por cuanto trataría de resolver las crisis de la confrontación en un momento en el que todavía las tropas de los Estados Unidos de América, mantenían puntos claves del país y daban muestras de que bloqueando la candidatura del profesor Juan Bosch, apoyarían abiertamente, a través de los soldados criollos, la candidatura del licenciado Joaquín Balaguer, evitando con violencias y amenazas cualquier movimiento del expresidente en el país.

En una de esas visitas de exiliados dominicanos a la embajada, dada la confianza que establecimos, conocí a Emilio Cordero Michel, con cuya familia establecimos relación más allá de cualquier lazo diplomático.

José Francisco Tapia Cunillera, cónsul designado a la brava con la oposición norteamericana, puesto que en principio, por negación de visa estadounidense por su participación como un comando en la guerra de abril, tuvo que ir a México al través de Jamaica, me lo presentó, y de inmediato hicimos migas; me di cuenta de que Emilio era un ser de valores firmes, una figura nada inestable, con una verdadera fe en sus creencias, por eso mi admiración crecería, convertida en amistad, hasta más allá de su muerte.

Emilio fue un defensor de los valores históricos de nuestro país, tanto por la valentía de sus decisiones tomadas a riesgo de muerte, como de sus labores para hacer más nítida y comprensible la historia que nos precedía y nos identificaba como pueblo. Acarreaba en su apego a la realidad vital, la justicia social, la necesidad de un cambio en los valores dominicanos con vistas a lo único que podría ser convertible en pasión, la honestidad, por ello también la participación de la lucha armada como respuesta a los males de la nación.

La visita de Emilio y otros exiliados a la embajada me dio pie para informar a algunos integrantes de la misma que protestaron por las visitas de miembros de la izquierda dominicana,  que la “embajada dominicana era de todos los dominicanos, y que las ideologías eran parte de la vida del país, por lo que, a nadie podía negarse su visita a un lugar que era también, territorio nacional.

El hecho al que ahora me referiré es para mí, fuente de certidumbre de quien ha ganado el afecto de sus congéneres como intelectual, editor, rescatador de textos, intérprete de la historia e investigador de nuestro pasado.

Una noche, cerca de la una de la madrugada, recibí una llamada del cónsul, José Francisco Tapia y luego la visita de Cordero Michel, informándome que el señor Ramón Grullón, exiliado de largos años en México y de una conducta intachable, le había llamado para informarle que su negocio en Cuernavaca, ciudad no tan distante de la capital, parecía haber sido rodeado por agentes de la seguridad mejicana, y que posiblemente habría de ser deportado, ya que el hecho no era nuevo.

Luego de confirmar la información, José Frank Tapia y yo decidimos ir en plena madrugada a Cuernavaca, para proteger la integridad de Grullón. Emilio me alertó de lo peligroso del camino a esa hora, y luego de preguntarme si iba desarmado le dije que, aún no tenía el arma que reglamentariamente correspondía a mi rango. Entonces me facilitó una pistola marca Lugger, propiedad del periodista Víctor Rico Galán, uno de los escritores de la Revista Siempre, el que  respaldaría en ocasión certera, las opiniones públicas de doña Miñón Coiscou, agregada cultural, con las que rechazaba, en una de las más importantes televisoras mejicanas, la invasión llevada a cabo por los Estados Unidos de América y mi decisión de usar una bandera negra en mi automóvil, muestra del lógico luto por la permanencia de tropas extranjeras en nuestro país.

Llegados a Cuernavaca, cuando nos acercamos a la casa de Ramón Grullón, dos automóviles  sospechosos partieron dejando una humareda, única huella de quienes asediaban a un hombre, ya con familia mejicana y vida honesta. En esos días del presidente Díaz Ordaz, recibimos noticias de que se organizaría una redada contra exiliados que habían buscado asilo provisional en México, pero Ramón Grullón, uno de los fundadores del Partido Socialista Dominicano, no cabía en esa clasificación. Llevaba largo tiempo radicado en aquel país y por sugerencia nuestra, vino a la capital mejicana, acompañándonos a las oficinas de Gobernación (entonces encabezada por el Lic. Echeverría, luego presidente de México) por miembros de la embajada dominicana, para esclarecer su condición. La gestión al parecer, detuvo la acción.

Poco tiempo después, aún con las últimas tropas norteamericanas en el país, solicité un permiso para viajar a Dominicana, quedándome en la misma. Ya involucrado en las actividades del Movimiento Renovador, cuando pude colaborar en la Universidad Autónoma, donde el doctor Julio César Castaños Espaillat sometió mi nombre al cargo de Vicesecretario General, fundando luego  el Departamento de Letras de la UASD, mientras logramos Emilio Cordero y yo discutir  y crear también, el primer Departamento de Extensión Cultural y Acción Social, donde el ala Social se intentaría bajo un proyecto hermanado con algunas instituciones, para  abrir el camino hacia el área de la acción universitaria. Desde aquella época Emilio Cordero y yo seguimos fieles a esa amistad, cuando se hizo cargo de las publicaciones universitarias y alcanzó lauros como investigador y Director de la Academia Dominicana de la Historia.

¿La muerte de amigos invariables consolida esos recuerdos? El de Emilio Cordero es, sin dudas, uno de aquellos. Él me hizo convencerme de que, por encima de cualquier ideología, la calidad humana, cuando aflora, es la base de la mejor amistad.

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