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Nunca, nada más desafortunado

Juan De Dios Ventura Soriano

El 24 de octubre del año 1945, un mes después de finalizar la Segunda Guerra Mundial, nació la Organización de las Naciones Unidas con principios y propósitos definidos, que forman parte de su fundamento o razón de ser. A lo largo de todos estos años transcurridos desde su fundación, la ONU ha exhibido logros y fracasos, como es natural en instituciones manejadas por humanos.

Si examinamos el artículo 1ro. de la Carta de la ONU, podemos ver que se relaciona con los principios que propician su nacimiento, y que su acápite 2 reza así: “Fomentar entre las naciones, relaciones de amistad basadas en el respeto al principio de la igualdad de derechos y al de la libre determinación de los pueblos, y tomar otras medidas adecuadas para fortalecer la paz universal”. Y yo pregunto: ¿se fortalecerá la paz universal forzando a los países concordantes a firmar un pacto migratorio igualitario siendo éstos de condiciones tan disímiles? ¿Se podrá hacer un traje migratorio que encaje por igual en cuerpos de países de tallas y dimensiones tan diferentes? ¿Por qué la prisa en firmar ese pacto en un plazo tan breve, que no dé chance a los firmantes ni siquiera a analizarlo?

Al revisar el acápite 3 de los mismos propósitos, leemos lo que sigue: “Realizar la cooperación internacional en la solución de problemas internacionales de carácter económico, social, cultural o humanitario, y en el desarrollo y estímulo del respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales de todos, sin hacer distinción por motivos de raza, sexo, idioma o religion”. Más preguntas: ¿En la solución a los problemas de nuestros vecinos haitianos, pudo resolverlos la Minustah (Misión de las Naciones Unidas en Haití) luego de 13 años en dicho territorio? ¿Cuál de los países ha sido más solidario con Haití que el nuestro? ¿No es demasiada ya, la carga nuestra en costos de hospitales, educación, alimentación, suplantación en los empleos, a pesar de la hostilidad con que nos tratan ellos en todos los foros internacionales? ¿Entre cuántos países de los que firmen el anunciado pacto se repartirá el peso de esa carga que ya nos acogota?

Pienso que esa imposición en desiguales proporciones no es aceptable ni firmable con tanta alegría. No somos responsables de que nuestros vecinos hayan fallado en el intento de armar una nación que se dividió al nacer y cuyo liderazgo político, social y religioso no ha sido capaz de reorientar a los fines de lograr su recomposición.

Estoy en la lista de quienes piensan en que la única forma de acabar con la pobreza es creando riqueza. No hay de otra. Los seres humanos siempre habrán de sentirse más cómodos habitando el lugar en donde disfrutan del sentido de pertenencia: un dominicano, por ejemplo, siempre habrá de sentirse más cómodo y seguro viviendo en República Dominicana que en cualquier otro lugar del mundo, en donde se sienta extranjero. Para que eso pueda ser posible, debe buscar en quienes administran los recursos de todos, la responsabilidad de propiciar las condiciones que eviten la emigración de sus congéneres y este criterio aplica para todos los ciudadanos del mundo, así sus respectivos gobernantes.

Repito: la única forma de acabar con la pobreza es creando riquezas, no problemas, y este pacto, podría traer muchos. A pesar de que al otro lado de nuestro país no existen interlocutores con quienes pactar, creo que debemos ponernos de acuerdo en procurar levantar un muro de riquezas que ayudaría a los habitantes de ambas naciones. En la frontera de ambos países viven los más pobres dominicanos, de los cuales, muchos huyen hacia Europa, quienes podrían beneficiarse con la instalación de empresas que propicien empleos. Del mismo modo, bajo los parámetros legales y de respeto mutuo, ellos, sin salir de su tierra, también podrían cambiar radicalmente su existencia, si tan solo se lograran los incentivos de atracción necesarios y suficientes para que empresas del mundo (incluidas las nuestras), se instalen en dicha frontera.

Por último, no deseo pasar por alto el acápite 7 del artículo 2 de la misma Carta de las Naciones Unidas, en donde los acuerdistas plasmaron lo siguiente: “Ninguna disposición de esta Carta autorizará a las Naciones Unidas a intervenir en los asuntos que son esencialmente de la jurisdicción interna de los estados”.

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