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OTEANDO

Consuelo Iglesias, madre y maestra

Emerson Soriano

En el Santiago que no conocí, en la década de los cuarenta, frente a la Iglesia Mayor estaba ubicada la Escuela República de Colombia. Allí impartía clases una joven maestra de nombre Consuelo Iglesias, menuda, de ojos empequeñecidos por una mirada fija y una sonrisa tierna, quien hacía el trayecto para llegar a su trabajo, todos los días, pasando frente al edificio en construcción del Palacio de Justicia ubicado en la calle San Luis. En ese lugar, un apuesto joven, de ojos verdes y buen talante, un artista de la carpintería de entonces llamado Rafael Ventura (Fellito), esperaba -según decía, para arreglar su día- que ella pasara, reservando siempre para la ocasión un dulce piropo a la vieja usanza que ella fingía no escuchar.

La espera se hizo cotidiana al carpintero, los piropos necesarios al oído de la maestra, y aspiración y destino se conjugaron para que en la primera semana de febrero del 45 los dos jóvenes contrajeran nupcias en un invierno caribeño con pintas de primavera.

Consuelo dejó el magisterio para ser ama de casa, para hacer familia con el noble Fellito, que trabajaba de sol a sol para llevar a casa el manjar de entonces (arroz, habichuelas y carne), y los domingos, arroz con pollo, aceite Fígaro y ensalada verde.

Tuvieron su primera hija, Josefina, que murió de pocos años. Empezaron de nuevo y vinieron Daniel, Chichí, Agustín, Martín, Miguel, Popo, Wilfredo Blanco  y Eduardo, todos cortados por la misma tijera, con la herencia bendita de dos padres amorosos que fueron capaces de hacer una sinergia de amor que formó los hombres más sanos, más serviciales, más amorosos, más cooperadores y más integrados a su querido barrio, Los Pepines.

Fellito coleccionaba carritos de metal, tomaba aguardiente y daba consejos y reprimendas a hijos propios y ajenos con la misma autoridad; y todos los recibíamos con una suerte de orgullo y sentido de pertenencia a la familia Ventura que nos hacían felices.

Consuelo y Fellito vivieron el orgullo de ser pepineros sin nunca haber dejado Los Pepines. Se fueron convirtiendo en los padres postizos de varias generaciones, de los que allí nacieron y de los que llegaron luego, como es mi caso. Fellito era como el patriarca y la apacible Consuelo la mamá de todos los jóvenes que disfrutamos la sincera amistad de sus hijos y nos acostumbramos a su fórmula mágica para hacer la mejor avena del mundo.

Repartieron entre sus hijos los dones de la bondad y el buen carácter. Hay pocos jóvenes a quienes Blanco, Popo, Martín o Wilfredo no le hicieran un carrito en Los Pepines, a quien el cirujano Eduardo no haya puesto una inyección o le haya suturado; y tanta es la vocación familiar, que ahora a Chakira, la médica de Martín, le ha tocado ser la geriatra de nuestros padres; todo un combo de amor comunitario y social activado a partir del  prodigado por Fellito y Consuelo.

Fellito se fue primero, y fue muy duro para todos. Pero nos quedaba Consuelo, con todo lo que entrañaba ese nombre. Me debía una avena que tan deliciosa hacía. La mañana del martes recibí un mensaje de texto de Miguel que me paralizó: “Se murió Consuelo”. Aún lo repito en  mi interior. Mis obligaciones previas me impidieron estar allí, no con ellos, sino con Consuelo; para decirle un adiós como lo siento, para darle las gracias por haber existido y fructificado, y para decirle, viejita linda hasta luego, en el plano en que estés: “Guárdame mi avena, Consuelo”.

El autor es abogado y politólogo

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