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FE Y ACONTECER

“Todo lo que tenía para vivir”

  • “Todo lo que tenía para vivir”
CARDENAL NICOLÁS DE JESÚS LÓPEZ RODRÍGUEZ

XXXII Domingo del Tiempo Ordinario - 11 de noviembre, 2018

a) Del Primer Libro de los
     Reyes 17, 10-16.

Aparece aquí el gran profeta Elías, cuyo nombre significa “mi Dios es el Señor”, es un profeta errante que va, como los patriarcas, de una parte a otra obedeciendo la Palabra del Señor.  A través de Elías Dios se da a conocer de una manera nueva. Se había manifestado como amigo y protector de los patriarcas y dio la Ley a Moisés, ahora aparece como Señor de la creación y de la naturaleza.

La religión cananea consideraba al dios Baal dueño de las fuerzas naturales: de la lluvia, de las tormentas, de la fecundidad, etc. Elías, lo mismo que Oseas, le da la batalla al baalismo demostrando que el Señor sobrepasa las actividades que el pueblo idólatra aplicaba a Baal. El profeta Elías se desplaza hacia Sarepta, 15 Kms al sur de Sidón encontrándose con la viuda que simboliza y personifica a toda la gentilidad llamada a la fe.

El milagro pone de manifiesto la confianza en el Señor tanto de Elías como de la viuda. Con el gesto de la viuda se demuestra que el pobre no se aferra a lo que tiene, es generoso y se fía del Señor. Vive más de la esperanza de lo que enriquece a la larga, que de lo que remedia en el instante. Alimentando al profeta hambriento, el Señor premia la fe de la pobre viuda: “Ni la orza de harina se vació ni la alcuza de aceite se agotó, como lo había dicho el Señor por medio de Elías”. (V.16)

b) De la Carta a los llHebreos 9, 38-44.

En este fragmento de la Carta a los Hebreos se resalta la diferencia entre lo que hace Cristo como Sumo y Eterno Sacerdote y el papel del sacerdocio de la Antigua Alianza. Se resalta la originalidad de la acción de Cristo en su misión sacerdotal quien no se ha reservado nada, sino que ofrece su propia vida por la salvación de todos los hombres, derramando su sangre en la cruz una vez y para siempre para borrar el pecado del mundo y darnos una nueva vida.

c) Del Evangelio según San Marcos 12, 38-44.
En la primera lectura y en el evangelio de este domingo aparecen dos mujeres: la viuda de Sarepta y la pobre viuda del templo de Jerusalén ambas son creyentes y generosas, muy sencillas, de esas personas que no hacen noticia, ni son entrevistadas ni tienen importantes cuentas bancarias, ni apellidos sonoros. Sin embargo, su talla moral es muy elevada, en su viudez y en su pobreza encarnan la necesidad y el infortunio de aquella sociedad y, por carecer de marido, también carecían de ingresos, de pensión y de seguro social. Por esa misma condición solían ser personas discriminadas, injustamente tratadas, pero eran objeto preferencial de la atención del Señor.

Jesús observa a una de estas mujeres frente al arca de las ofrendas en el Templo de Jerusalén y ve cómo muchos ricos echaban dinero en cantidad, sin embargo, reparó en la pobre señora que echó dos reales, y llamando a sus discípulos, les dijo: “Les aseguro que esa pobre viuda ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han dado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha depositado todo lo que tenía para vivir”. (vv. 43-44). Solamente quien arriesga su seguridad, creyendo y confiando plenamente en el Señor, puede experimentar la espléndida generosidad divina.

La viuda de Sarepta fue una de las víctimas del hambre que produjo una terrible sequía en tiempo del Profeta Elías, no era judía sino pagana, pero se fió de la palabra del hombre de Dios y compartió su último pan con el profeta, como hemos comentado más arriba. Ante Dios contó más la calidad personal, la actitud de compartir lo que se tiene, muy poco en ambos casos, un panecillo y dos reales que la cantidad material de su respectiva ofrenda. La ofrenda de la viuda en el templo realmente era muy poca cosa “dos leptos” según Marcos. El lepto era el valor mínimo entre las monedas griegas. Sin embargo, era “todo lo que tenía para vivir”. La valoración de Dios no se mide por la cantidad sino por su significado intencional.

En el fragmento del evangelio que comentamos, se contrastan dos estilos divergentes de religiosidad: el primero está representado por los letrados o doctores de la Ley judía, y el segundo por una mujer del pueblo. Se contrapone el aparentar al ser, y queda al descubierto la vanidad, la hipocresía y la codicia de los escribas y fariseos, frente a la humildad, sinceridad y generosidad de la pobre viuda. La lección que brota del ejemplo de esta buena mujer es que una religión auténtica es fruto de una fe viva que se expresa en el desprendimiento, la disponibilidad y la autodonación al Señor y al prójimo. Esta es la religión en espíritu y en verdad sin hipocresía ni formulismos que Dios acepta, porque Él lee en el corazón humano y sabe lo que hay dentro de él.

Para que un regalo sea símbolo de nuestro amor a una persona debe incluir siempre algo de auto donación. La ofrenda que se da cada domingo en el templo para el mantenimiento del culto y de sus ministros constituye un acto de religión cuando brota de un corazón sincero. Pero no suple nuestro deber de adoración personal a Dios, tanto en el culto comunitario como en la vida, en la familia, en la profesión, en el trabajo, en el sector, etc. La ofrenda de la pobre viuda ha quedado como un admirable ejemplo de generosidad frente a quienes pueden dar de lo que no necesitan para vivir.

Jesús nos invita a ofrecer un verdadero y completo culto a Dios, que brote de nuestro corazón.  No todos pueden dar dinero o cosas materiales porque no lo tienen, pero sí todos podemos dar a los demás, especialmente a quienes lo necesitan, amor, servicio, alegría, amistad, tiempo, fraternidad... Dar siempre y sobre todo darse a Dios y a los demás es el camino para ser personas libres y ser cristianos al estilo de Jesús, que nos precedió con el ejemplo, Él vino para dar vida y “vida abundante” y, a pesar de no tener nada “ni dónde reclinar su cabeza”, se pasó la vida dando y dándose a los demás. Imitemos a las viudas de la liturgia de este domingo poniendo nuestra confianza absoluta en Dios, como ellas lo hicieron.

Fuente: Luis Alonso Schˆkel: La Biblia de Nuestro Pueblo.

B. Caballero: En las Fuentes

de la Palabra. 

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