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EL DEDO EN EL GATILLO

El hijo postizo

  • El hijo postizo
Luis Beiro

No tuve que esforzarme para comprender el nivel de paternidad que Rafael Ávila me dispensaba.  Detrás de su rostro hirsuto y severo, se escondía alguien parecido a mi padre. Por eso siempre lo respeté y puse una estricta división entre el trabajo y mis sentimientos afectivos hacia él y su familia. Su esposa doña Gloria es una mujer excepcional. Ávila me confesó una vez que gracias a ella pudo triunfar como escucha y Vicepresidente de Los Ángeles Dodgers para América Latina.

Tuve el privilegio de estrechar la mano y ver jugar en el Campo Las Palmas, desde su ya lejana infancia, a su nieto Alex, quien años después fuera cátcher estelar de los Tigres de Detroit, en el béisbol de Grandes Ligas.

Todavía hoy, cuando otra directiva rige los destinos del Campo Las Palmas, Ávila sugiere mi nombre en la lista de los invitados especiales que acuden a compartir experiencias y encuentros.

Compartí con el dueño de los Dodgers, mister Peter O´Malley durante su visita al país y pude entrevistarlo para el suplemento “Lectura de Domingo” que por aquellos años fundé en el periódico La Nación. De manera curiosa, dicha entrevista no trató el tema del béisbol.

Nunca puede estar al tanto de mi familia en Cuba, sobre todo de mi madre, a pesar de la distancia.

-Él me ayudó mucho – le él dijo en su lecho de muerte.

Cuando se enteró de que pude traer a mi progenitora (ciega, inválida y sin un pulmón) a Santo Domingo para que pasara a mi lado los últimos años de su vida, no desdeñó esfuerzos para visitarla.

Sin yo saberlo, cada vez que Pablo Peguero visitaba Cuba, invariablemente le entregaba 100 dólares para que los llevara a mi casa habanera. Y fueron varios los viajes que hizo Pablo a mi patria natal.

Entre otras razones inolvidables, a Rafael Ávila le debo que el Gobierno dominicano les diera las visas de entrada al país a mi esposa e hijos, toda vez que mi carencia de recursos era conocida.

Por años me vio acongojado, con mucho pesar, yendo y viniendo a la capital casi todos los días, tratando de comprar dólares a cualquier precio y envuelto en gestiones infructuosas con funcionarios del gobierno de turno.

Me dio una gran sorpresa en el acto de presentación de mi primer poemario publicado en Santo Domingo “Libro de Luis Ernesto”. El acto se desarrollaba en la entonces llamada Biblioteca República Dominicana, y Ávila se apareció con una guagua repleta de prospectos de los Dodgers albergados en el Campo Las Palmas que abarrotaron ese acto.

-Esos muchachos necesitan también asistir a eventos culturales y a escuchar sobre letras e instrucción cultural –me dijo, a este asombrado autor que nunca imaginó que tantas personas lo escucharan leer poemas a su hijo.

Y un día, sin aviso previo, me llevó en su vehículo al mismísimo Palacio Nacional.

-Vamos a resolver tu problema hoy mismo.

En la recepción de la Casa de Gobierno parece que lo estaban esperando, pues al ver su cédula, de una vez le abrieron paso. Yo lo seguí sin mediar palabras por aquellos interminables pasillos de mármol, asombrado de esas puertas que nunca pensé que él pudiera abrir. Subimos a la segunda planta y entramos en el despacho de un altísimo funcionario de entonces. Por razones que no valen la pena explicar con lujo de detalles, varios años atrás, mi compatriota y primera cubana en ser electa diputada del Congreso Nacional, Gema García, me llevó ante ese mismo funcionario con el ruego de traer a mi familia cubana. Pero en esa ocasión, ella fue con las manos vacías.

Ávila me presentó al poderoso funcionario y le rogó que me concediera un favor. De manera conjunta a su ruego, abrió un estuche que llevaba guardado donde  relucía una medalla de oro de 24 kilates con la efigie de la Patrona de Cuba.  Ese gesto suyo ni lo sospechaba. Solo pude creerlo cuando vi brillar el grueso medallón en manos de aquel hombre.

El funcionario tomó el regalo con gratitud y me invitó a que le pidiera lo que tanto me preocupaba.

-Tengo dos grandes problemas –le dije sin pensar-. Necesito la visa dominicana para traer a mi esposa y dos hijos de Cuba. Y también necesito que se me conceda el permiso de residencia para no ser un indocumentado más en el país.

Ante mi asombro, aquel hombre, con la mirada fija en la mía, me respondió.

-Pero usted me está pidiendo dos favores, y yo solo le puedo conceder uno. Dígame cuál prefiere. Sin pensarlo dos veces le rogué que mi mayor deseo era sacar a mi familia de Cuba.

En menos de treinta días fui a buscar a mi esposa y a mi hijo menor al Aeropuerto Internacional Las Américas. Mi hija mayor prefirió quedarse en Cuba para terminar su carrera de licenciatura en enfermería, la cual le obligaron cursar (por ser la hija de un desertor) a pesar de que tenía notas y aptitudes suficientes para aspirar a su sueño de ser doctora.

Pero siguiendo la historia, faltaba lo más importante. Cómo conseguir el dinero para los boletos y los trámites de los pasaportes y el visado cubano.

En esas gestiones apareció un amigo entrañable que nunca podré olvidar, don Danilo Caro. Fui a verlo con mi colección de sellos cubanos y le propuse su venta a precio de catálogo.

No titubeó en la inversión. Pero además, me obsequió un fin de semana con todos los gastos pagos en el hotel Hamaca, de Boca Chica, para albergar a los recién llegados.

Con los recursos necesarios para los trámites cubanos, fui a la agencia Emely Tours de Santo Domingo a comprar los boletos que horas después mi esposa procuró en La Habana.

Ávila sabía que con ese paso, concluía mi estancia laboral en el campamento de los Dodgers. Y en parte él se alegró porque también la organización había aprobado su retiro como Vicepresidente para América Latina, aunque él permanecería un tiempo más, instruyendo a las nuevas autoridades. Renuncié a mi empleo unos días antes del arribo familiar y me dispuse a buscar un pequeño espacio digno para albergar a los míos. Y por supuesto, a amueblarlo, gestión esta última que siempre le agradeceré a Huchi Lora y su familia.

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