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EL DEDO EN EL GATILLO

La Vega de 1990

  • La Vega de 1990
Luis Beiro

En 1990 volví a Quisqueya, a La Vega por más señas,  gracias a una gestión de Arelis Rodríguez. Ella hizo también contactos para trabajar en Radio Santa María y en la Universidad Tecnológica del Cibao (UTECI). En la emisora de la Compañía de Jesús, el padre Ton Lluberes me ofreció un segmento en la revista “Juventud Pa´lante”, además de la preparación de un libro con las mejores décimas premiadas en los eventos de esa emisora. En UCATECI fui el primer director de la Biblioteca, con salario fijo. Además, vendía sellos de colección a Bolívar Pereyra y intercambiaba otras estampillas postales por juguetes y muñecas para mis hijos con la propietaria de la librería Morfa

Después de residir eventualmente con amigos, una persona excepcional no solo me abrió las puertas de su casa, sino que me adoptó como un nuevo hijo: Don Aníbal Guzmán. Nunca podré olvidar a aquel prominente agricultor que me ayudó a sobrevivir con una dignidad que nunca antes tuve. Su esposa, doña Nidia, llena de amor y bondad, se esmeraba en garantizarme la máxima felicidad. Hizo algo excepcional. Me permitía usar el teléfono de su residencia para reportar diariamente la situación electoral del país a Radio Habana Cuba.

Si en la Quisqueya de 1989 fui feliz, en La Vega de 1990 conocí el verdadero sentido de la palabra solidaridad.

Las tardes y noches veganas serían de otro gran amigo, Santiago Morilla, a quien cariñosamente le decían “Chago Chimbín” . En su ferretería permanecía casi hasta la hora de cierre, escuchando sus historias y descargando mi dolor por la ausencia de mi familia. Íbamos a cenar (churrasco y cerveza  con Clamato) al “Zaguán”, donde nos esperaba el trovador Antonio con su repertorio de boleros cubanos. Mis amigos veganos vivían pendientes de los viajes a Cuba para entregar los pocos pesos que ganaba a mi familia.

Mi breve experiencia como chef encontró eco en casa del doctor Erasmo Vásquez. Eventualmente preparaba bollos de papa, ropa vieja, y otros platos cubanos.

En aquella etapa, la ciudad de La Vega sufría las consecuencias de los apagones, falta de agua y un gran temor colectivo. Como la gasolina estaba racionada, muchas noches servía a mis amigos, con un galón en cada  mano, integrando las interminables filas para obtener el líquido que encendería las plantas domésticas.  En medio de una tormenta, un rayo cayó en la antena del televisor, colocada justamente sobre la confortable habitación que ocupaba en casa de don Aníbal Guzmán. Un pedazo de techo cayó a mi lado y casi me divide la cabeza en dos.

La idea de traer a La Vega por dos semanas a mi esposa era una obsesión imposible para mis modestas finanzas. En uno de mis pocos viajes a Santo Domingo visité al pintor Geo Ripley y este me obsequió uno de sus cuadros para rifarlo en La Vega comprar el boleto de mi esposa. Regresé a la ciudad Culta y Olímpica con aquel lienzo enmarcado y mis amigos me ayudaron a organizar la rifa, la cual se decidió en dos sorteos. En ambos casos, el agraciado fue el doctor René González, un reputado médico altruista a quien saludaba todos los días mientras andaba rumbo a mis trabajos. En gesto solidario, el doctor González siempre me abría las puertas de su casa no solo para descansar de mi larga jornada andariega sino para brindarme agua, jugos y algunos alimentos.

Con el boleto en manos de mi esposa se abrían otros dilemas: el permiso de salida temporal de Cuba y la visa de entrada a Santo Domingo. En el primer caso no tuve problemas por mi condición de corresponsal de Radio Habana Cuba para cubrir las elecciones presidencias de 1990. Aquí, una gestión de alguien vinculado al Palacio Nacional cumplió a medias unos trámites. Mi esposa llegó a Santo Domingo y no la dejaron salir del área de migración porque el ansiado permiso para entrar al país no debió solicitarse donde debía. Gracias a un oficial apenado por las circunstancias, pude verla por unos instantes y darle un beso. Yo temí lo peor. Ella regresó en el mismo vuelo a Cuba. Pero la tragedia tuvo una breve felicidad gracias a mis amigos veganos: mi esposa pudo volver la próxima semana con sus papeles en regla. Alguien visitó al Gobernador vegano, Pedro Rivera, y este se encargó de que el permiso de entrada al país, firmado por el doctor Joaquín Balaguer, llegara directamente a las manos correctas. Ese segundo viaje corrió sin costo alguno. Entonces las relaciones diplomáticas entre Cuba y la República Dominicana se resolvían “por debajo de la mesa”.

Mi esposa pasó dos semanas inolvidables, entre las mejores de su vida, llena de amor, de felicidad y regalos. Juntos partimos de regreso a La Habana a finales de 1990 como buenos ingenuos. No sabíamos que volveríamos a entrar en la boca del lobo. Cometí un pecado grave. Y la mediocridad no me perdonó. Ni mi hermano Joaquín G. Santana pudo salvarme del “recibimiento” oficial. Desde antes de partir, ya había firmado mi sentencia de muerte: Me retuvieron el pasaporte y tuve que renunciar a mi trabajo en la Unión de Escritores y Artistas de Cuba para que me lo devolvieran. Este sería solo el inicio de una película donde ella y yo éramos los protagonistas y ningún director se atrevería a filmarla.

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