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PEREGRINANDO A CAMPO TRAVIESA

Santo Domingo de Guzmán y los dominicos

  • Santo Domingo de Guzmán y los dominicos
Manuel Pablo Maza Miquel, S.J.

Santo Domingo (1170-1221) era un canónigo regular de Osma, España.

Durante los años 1205-1207 Domingo fundó un convento de monjas junto con un grupo de compañeros. Recogieron a unas mujeres convertidas y se dedicaron a instruirlas. Domingo quería misionar entre los cumanos en Hungría.

Domingo conoció los esfuerzos de los cistercienses por combatir la herejía cátara en el Languedoc francés. Los cistercienses eran legados papales y vivían como tales adoptando “el fasto de los personajes oficiales”. Estaban condenados al fracaso, pues los predicadores cátaros impactaban por su austeridad. Domingo de Guzmán muy pronto sacó esta conclusión: solo predicando en pobreza se pondría remedio a la creciente herejía. Tampoco temía las controversias con los herejes. El Obispo de Toulouse, al aprobarlos en 1215 captó la esencia del nuevo grupo: “Constituimos como predicadores en nuestra diócesis al hermano Domingo y a sus compañeros, a fin de extirpar la corrupción de la herejía, expulsar los vicios, enseñar la regla de la fe e inculcar a los hombres sanas costumbres. Su programa regular es comportarse como religiosos, ir a pie, en la pobreza evangélica, predicando la palabra de verdad evangélica”.

El año de 1215, después de Concilio de Letrán, viajó a Roma. En ese momento, estaba prohibido el iniciar nuevas órdenes religiosas, pero el Papa Inocencio III le aprobó su proyecto. Domingo tenía que escoger una regla de alguna congregación religiosa ya existente.

En el 1216 los dominicos fueron reconocidos al abrazar la regla de San Agustín, que le daba un amplio campo de operaciones. En el 1218, una nueva legislación los definió más claramente como una orden de clérigos bien formados en teología, destinados a santificarse y predicar.

Comby caracteriza así a los dominicos: eran presbíteros, vivían en pobreza, se localizaban en las zonas urbanas, predicaban y enseñaban. Los cargos eran electivos para ciertos períodos, no así el Maestro General, elegido ad vitam. Los monjes en sus abadías captaban rentas enjundiosas, los dominicos y luego los franciscanos, mendigarán su sustento, de ahí el nombre de “mendicantes” (Jean Comby, 2007, Para leer La Historia de la Iglesia, 174).

Siendo así que para discutir con los herejes hacía falta una buena formación y una vida alejada del afán de riquezas, los dominicos aceptarán aquellos recursos que les permitieran ejercer su ministerio (libros, monasterios, iglesias, centro de estudios), y rechazarán aquellos que lo obstaculizaban.

La ascética, las renuncias y purificaciones tenían que estar al servicio de la predicación. Con libertad evangélica, Domingo relativizó varias costumbres venerables para poner como prioridad el estudio para servir la fe y la verdad. Sus religiosos tendrían celdas individuales, y tantas velas como hicieran falta para estudiar de noche. Se trasladaron de un convento a otro para responder a las necesidades de la Iglesia. Eran una orden que no estaba atada a los límites de las diócesis. Los dominicos por su movilidad eran ideales para servir a los proyectos del papa y de la curia romana, especialmente de la inquisición. Eran intelectuales serios, apegados a la ortodoxia.  Gerhard Winkler hizo esta atrevida afirmación: “A pesar de la mística alemana (Maestro Eckhart, [O.P.] 1260 - 1327), eran menos propensos al fanatismo y a la herejía que los hijos de san Francisco” (Lenzenwerger y otros, 1989, Historia de la Iglesia Católica, 337). Baste señalar que Alberto el Grande y Tomás de Aquino fueron dominicos.

Los dominicos significaron en Occidente uno de los primeros intentos de gobierno por elección y representatividad. Se dejaba de lado, “los principios del gobierno paternal a favor de un sistema de dirección en que los hombres se elegían en función de sus cualidades de administradores y de su nivel de instrucción. Podemos decir que Domingo inventó el sistema de moderno de gobierno por comités” (Knowles y otros, Nueva Historia de la Iglesia, 1977 II, 347).

El autor es Profesor
Asociado de la PUCMM
mmaza@pucmm.edu.do

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