Otra vez sobre el liderazgo
Las conclusiones a las que arriba el profesor Klaus Schwab, fundador y presidente del Foro de Davos, en su discurso inaugural de la reunión anual correspondiente al 2017, son la expresión de una visión esperanzada en que la prédica a tiempo de los peligros que acechan a la Humanidad, y los desafíos que estos plantean ante los líderes mundiales, puede contribuir decisivamente a la regeneración moral, política, ideológica y cultural de esos mismos líderes, y consecuentemente, a salvar al mundo de las catástrofes que se ciernen sobre él, de no rectificar el rumbo. Tal esperanza, en palabras del propio Schwab, se resume en las siguientes frases: El mundo de hoy parece estar envuelto en un mar de pesimismo, negatividad y cinismo. Sin embargo, tenemos la oportunidad de sacar a millones de personas de la pobreza… Y tenemos el deber de trabajar juntos hacia un mundo más verde, más inclusivo y pacífi - co. El éxito no dependerá de eventos externos, sino de las decisiones que tomen nuestros líderes.
Hermosas palabras sin dudas, solo que no refl ejan la manera en que esos mismos líderes, quieran o no, lo deseen o no, representan los intereses de poderosos grupos económicos y élites políticas que son, precisamente, quienes los promueven y sostienen en el poder, esperando a cambio que favorezcan, de alguna manera, sus intereses particulares. Y lamentablemente, como se evidencia por la sobreexplotación de los mares, la emisión de gases contaminantes a la atmósfera, y la desforestación del planeta, sus intereses frecuentemente no coinciden con los intereses de las grandes mayorías del planeta globalizado.
Cuando el profesor Schwab clama porque “… debemos mirar más allá de nuestros propios intereses y atender los intereses de nuestra sociedad global”, parece estar queriendo expresar, con lenguaje diplomático y prudente, la misma realidad a la que hago alusión.
Se hace difícil, en el mundo real en que vivimos, y debido precisamente a las bases económicas que lo sustentan, que los líderes mundiales sufran una fulminante conversión moral, con el solo llamado del Foro de Davos. Las exhortaciones juegan un papel positivo, pero requerimos de fortalecer organizaciones multilaterales, como la ONU, para que puedan jugar un rol determinante en la construcción de ese mundo mejor al que hacía referencia en su discurso el profesor Schwab.
Mientras prime en la arena internacional solo el poderío que otorga ser una potencia económica y militar y no se garantice el derecho de la mayoría de los países y pueblos más débiles y pobres; mientras no reine la justicia y el derecho en las relaciones internacionales; mientras el humanismo y la cultura sigan arrinconados y sean constantemente desacreditados ante los vulgares intereses y ambiciones de unos pocos, no tendremos el futuro hermoso y colectivo al que llama el presidente del Foro de Davos.
Es reconfortante saber que a las élites mundiales les comienzan a preocupar y ocupar los mismos problemas que agobian a las mayorías.
Parece que el hermoso paisaje y la soledad propicia para la meditación de los Alpes suizos tienen un efecto regenerador en quienes los visitan: en 1924, en Davos, el gran escritor alemán Thomas Mann escribió su novela La montaña mágica, y Albert Einstein brindó una conferencia en un congreso de fi lósofos.
Hay esperanzas.

