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Puntos de vista sábado, 30 de mayo de 2015

EN PLURAL

Lágrimas por Pepe Rivero

Yvelisse Prats-Ramírez De Pérez
yvepra@hotmail.com

Su nombre era José Rivero Herrera. Sus conocidos, que deveníamos en amigos desde un primer encuentro, nunca le dijimos don José, ni Sr. Rivero. Lo llamábamos Pepe, apodo con sabor a cercanía, como a un vecino amable de esos que ya no abundan.

Lo conocí en 1984. Ambos, en esa época ocupábamos puestos de importancia, ligados a la educación; José Rivero, Pepe, era técnico de UNESCO; yo, secretaria (ministra) de Educación de República Dominicana. Iniciaba en ese año lo que consideraba la acción más importante de mi gestión, el Programa Especial de Educación Ciudadana (PEEC), jornada de alfabetización de Adultos que mis fervores por Freire habían ido forjando desde mucho antes durante las clases de Pedagogía que impartía en la UASD.  Yo ya había presentado en la 6ta Asamblea de UNESCO el proyecto, y Amadou-Mahtar M’Bow tercermundista iluminado, director general del Organismo se mostró interesado y se comprometió a apoyarlo porque en sus líneas operativas seguía a lo que en ese momento era “moda” de educación de adultos: la alfabetización funcional.

Alentada por esa promesa, me empeñé a fondo en convencer al presidente Jorge Blanco de la importancia y la pertinencia del Programa, al que al fin se le dio existencia legal con el decreto 210  y un acto emotivo y concurrido en el propio Palacio Nacional.

El apoyo de UNESCO cuajó. Llegó al país un grupo de técnicos que nos asesoraron en la estructura del proyecto y realizaron un Seminario en San Cristóbal, durante 7 días. Las ponencias presentadas fueron de una profundidad y calidad insuperable; guardo esos documentos, aún los uso como materiales de consultas, que me han servido de mucho en mis reflexiones sobre el tema.

Fue en ese hermoso intervalo de ilusiones de cometas de esperanzas elevándose hacia el horizonte de la educación liberadora freiriana, que José Rivero llegó al país, con sus varios títulos y certificados, su experiencia como maestro y cientista social, y su rango como especialista principal en UNESCO, en el tema de la Educación de Adultos.

Eso mostraba su hoja de vida, impresa impecablemente. Pero Pepe Rivero no cabía en un currículo, salió del suyo, que le quedaba chico y fue creciendo en su humanidad omniabarcante, en su cálido acercamiento a nuestras desigualdades nacionales en su amistoso talante, en su involucramiento, como latinoamericano entrañable en lo dominicano y en los dominicanos/as. Nunca pudimos mirarlo ni tratarlo como un técnico seco: era uno de nosotros, simplemente más sabio, más experimentado, más, mucho más, enormemente más modesto, compañero, y por eso, indiscutiblemente, un líder.

Como decimos los dominicanos, Pepe y yo nos caímos bien. Usábamos muchas palabras parecidas, inclusión, equidad, justicia social, y las insertábamos sin empacho alguno en debates que dejaban de ser exclusiva casi metafísicamente pedagógicos, y se  convertían como debe ser, en análisis sociológico y político de la educación.

Pepe era lo que llamaría un demócrata de izquierda, un socialista democrático, que entendía los lazos inextricables que existen entre ideología, política y educación. Por eso, su mirada de cientista social se posaba no solo en las falencias y carencias de los sistemas educativos del continente, sino en las causas raigales de ellas, la inclusión, la desigualdad, la segmentación social que nos divide abruptamente a países desarrollados y subdesarrollados y a ricos y pobres en una misma nación. Una de sus obras “Educación y Exclusión en América Latina” trata estos temas con honda preocupación.

Mientras lo trataba, en esos días felices de 1984, encontré en él una similitud grande de ideas e ideales con mis convicciones más profundas. Parece que él sintió lo mismo, porque desde ese año hasta este 2015, nos mantuvimos comunicándonos, últimamente por tuits, y cada vez que venía al país trataba de verme, me dejaba como regalo alguno de sus nuevos libros. Su amistad me honraba, así le reiteré en el abrazo que le di hace unos pocos meses, en las oficinas de OEI, organización a la que actualmente  prestaba sus  servicios.

El jueves, la voz estremecida y empapada en lágrimas de Catalina Andújar, Representante en la RD de la OEI, me informó entrecortadamente que Pepe había muerto. Por esos misteriosos brincos de la memoria recordé en un relámpago uno de sus recientes tuits recibido hace pocos días. Se refería a una frase que le dije en nuestro último encuentro al que califiqué, no de coincidencia, sino de “Dios-cidencia”, usando palabras de una hija mía catecúmena.

“¡Bendita Dioscidencias, habernos encontrado en la oficina de Catalina, querida Yvelisse!”

¿Cómo no llorarlo, Catalina, Mirian Camilo, Inmaculada Madera y yo? Si Pepe era así, como diría Neruda: “Claro como una lámpara, simple como un anillo”.