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Puntos de vista jueves, 10 de julio de 2014

EL BULEVAR DE LA VIDA

Los beneficios políticos de la humildad

Pablo Mckinney

A pesar de los pesares tan sopesados
El país nacional no atraviesa por un buen momento económico ni social, ético ni político. Una sola “cosa” parece un partido en todo el sistema político, mientras el desempleo y la inseguridad ciudadana atentan contra una democracia medio puta y bullanguera que desde 1978 con suma dificultad intentamos construir. A partir de estas innegables realidades, uno se pregunta: ¿de dónde sale la sorprendente popularidad del presidente Danilo Medina, tan bien valorado en las encuestas que de no existir la prohibición constitucional “iría de robo” en una repostulación al cargo? ¿Cómo es posible tanta popularidad, si a estos gobiernos de nuestra partidocracia en blanco como en morado, les ocurre como a los malos médicos cirujanos: “Operan bien pero se les muere el paciente”, que en este caso no es otro que el país nacional? ¿De dónde? Pues ya le respondo: La popularidad presidencial surge de la humildad, del saber escuchar y si fuera necesario, atreverse a rectificar. Al fin, amar es atreverse a pedir perdón y merecerlo. Amar es escuchar, pero ¡cuidado! que no anda uno hoy en aquellos bulevares de algunos viernes de amores impertinentes sin desamor ni olvido, ay, aunque hoy la Paola mayor, la Amanda, esté cumpliendo sus 18 años, sino que andamos hoy en política pura y dura, pues aunque muchos lo hayan olvidado, la política es o debería ser un acto de amor a través del servicio a los demás desde el Estado, y los peledeístas, por Bosch deberían saberlo como nadie. Amar y servir, que eso y poco más fue la política para Juan Bosch.

El arte de saber escuchar
El botón de muestra más reciente del comportamiento presidencial ha sido su decisión de no construir la carretera Cibao-Sur vía San Juan–Santiago. Es cierto que hubo una razón económica determinante que fue el costo superior a los 500 millones de dólares... pero hubo más. Hubo el saber escuchar los argumentos de especialistas sobre las otras opciones que incluso ya existen (en muy mal estado, pero existen) para conectar a las dos regiones. Y es que la carretera propuesta y gracias a Dios ahora desestimada, significaba agredir y afectar a tres grandes parques nacionales, el “José del Carmen Ramírez”, el “J. Armando Bermúdez” y “Nalga de Maco”, que es lo mismo que atentar contra las fuentes hidrológicas necesarias para la agricultura de la región Noroeste del país. Además de que, como es conocido, existen ya varias vías que conectan al norte con el sur, y bastaría con escoger una de ellas y convertirla en una autovía moderna agrediendo lo menos posible al medio ambiente. El presidente Medina escuchó, ponderó, consultó... y humildemente rectificó. Al fin, esto de gobernar sólo se trata de, definidas las prioridades, administrar los fondos públicos con la mayor eficiencia y racionalidad, pues nuestro problema no es que el Estado gaste mucho sino que tradicionalmente gastado mal y ha definido peor sus prioridades.

Amar es escuchar, pedir perdón y merecerlo
Un Presidente debería ser tan solo un servidor público, “el primero entre sus iguales”, y no el semidios en que convertimos los dominicanos a nuestros mandatarios por esa enfermiza vocación caudillista/ trujillista que es una de las explicaciones de nuestros fracasos (fallidos fallos) como sociedad. Hablo de una sociedad que no tiene ciudadanos sino vulgares votantes.

Entonces ya sabemos de qué se trata la vaina: “Tomen nota, magistrados, ilustrados y notables”. “Voten, voten, honorables”. Echen el ojo a este presidente humilde casi tímido, de difícil venta como mercancía de marketing político, pero que ya el jefe de Estado va demostrando que a pesar de las características del electorado dominicano se puede avanzar a “pasito lento”, como El Torito, (que ahora resulta que no es del PRD), avanzar y echar andar el país desde una gerencia presidencial que caracterice la humildad, el saber escuchar y atreverse a rectificar cuando sea necesario, insisto.

Amar es escuchar. Eso. Amar es pedir perdón y merecerlo. O como me dijo en el Cádiz de hace ahora mil años, don Joaquín Umbrales y Cabral: “Si los arrogantes supieran que buen negocio es ser humildes, serían humildes aunque sea por negocio”.