¡Queremos otros destinos, otro mundo!

(A Faride, con infinito amor) Hay la necesidad de auspiciar un estudio sociológico sobre la composición social dominicana actual. El profesor Juan Bosch, con una claridad impresionante mostró el comportamiento material, social, económico y psicológico de las expresiones orgánicas dentro del escenario nacional, ilustrando con ejemplos históricos la diversidad de comportamiento frente al Poder, el Estado, los partidos políticos, la familia, sus aspiraciones y sus vaivenes y mudanzas ideológicas. ¿Por qué el crecimiento social y económico del país, que nadie puede negar, a pesar de sus abismos de desigualdades, no traduce una asunción de responsabilidades ciudadanas? ¿Por qué ese movimiento material de incorporación al mercado que ha movido el ascenso económico de millones de personas no se corresponde con la presencia de hombres y mujeres con una conciencia nueva? ¿Por qué acusa un deterioro moral y un debilitamiento de valores, que son esenciales para medir el real salto humano a una condición superior de vida? ¿Por qué el aparato del Estado luce obsoleto, con deficiencias troncales, desarticulado en sus servicios, bajo una promiscuidad histórica de administración, que ha politizado las líneas de mando y entronizado prácticas que no son portadoras del progreso sino del atraso secular? Recuerdo que el doctor José Francisco Peña Gómez, ilusionado con el cambio de época y la inserción de una época de cambios sustanciales, nos explicaba que las escogencias de los mandatarios del porvenir inmediato, no estarían supeditadas a la práctica clientelista, y que la competencia y demostración de fuerzas electorales, no tendrían como escenarios, los mítines de cientos de miles de simpatizantes, sino los debates conceptuales, las ofertas sustentadas en fuentes y necesidades perentorias, las capacidades y experiencias de los candidatos, sus hojas de servicio a la comunidad. Para el doctor Peña Gómez, el fin del siglo veinte significaba la aparición de modelos renovadores del discurso. Vivíamos entonces, un reordenamiento político que cambiaría la correlación de fuerzas, y obligaría a la democratización y participación plural de la sociedad. Pienso que ideas parecidas bulleron en la cabeza de insignes mandatarios y líderes, tras la “Segunda Guerra Mundial”, cuando surgieron organismos corporativos en la lucha por la paz mundial. La real contradicción fue entonces y lo sigue siendo hoy, la incapacidad nodal para lograr masas humanas capaces de transformarse internamente, y conquistar una consciencia social liberadora de sus egoísmos y tendencias primarias de injusticia y poder absoluto. Los corifeos del mercado idealizaron la producción en libertad, las ofertas libres, como el único camino del progreso social, y no escribieron una sola cuartilla para proponer un cambio de mentalidad y de visión social egoísta. A la vuelta de algunas décadas aquel rumor de océano y cataratas de riquezas, es hoy un río de aguas sucias represadas, donde se sumergen niveles de discordancias apocalípticas. La filósofa judía, Hannah Arendt, nos describió la “banalidad del mal” en un lúcido ensayo de la condición humana. Se trata de ver, cómo se actúa dentro de las reglas del sistema sin tener conciencia de los actos. Masas de seres humanos que colman los grandes centros de venta, que consumen en demasía, que gastan más de lo que producen, que no reparan en ningún postulado moral, que viven como autómatas, que colman las ofertas bancarias y adquieren cuantos artículos y productos de ventas pueden, que viven el momento “feliz”, que no tiene idea del ahorro, del porvenir, de la secuencia social familiar, sin creencias de continuidad, no viven la conciencia del mal en que existen, por ello no hay crisis espiritual capaz de engendrar partos de inteligencia superior, de amor a los demás. Aunque Arendt refrendó la banalidad del mal en la conducta antisocial del verdugo nazi Adolf Eichmann, bajo el cumplimiento de órdenes superiores, su idea de la misma, conceptualiza la ausencia de accionar crítico, de reflexión y de la mínima idea de conciencia de que se habita en lo indebido ética y humanamente. Por ello el eclipse de toda noción de trascendencia, todo está bien pero todo queda estático, todo funciona perfectamente, no hay conciencia de los actos del mal, del dispendio, de la riqueza mal habida, del ejercicio pecaminoso de la política como engaño y fraude sistemático. Es ahora, postrimería de un tiempo vencido, y a la vez, portal de un nuevo año para aunar esfuerzos críticos y avizorar otros destinos, otras vidas, otro mundo mejor.

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