Tiempo para el alma

“Entonces -Jesús- le dijo al paralítico: “Contigo hablo: Levántate, coge tu camilla y vete a tu casa””. Se levantó inmediatamente, cogió la camilla y salió a la vista de todo. Se quedaron atónitos”. Mr. 2: 11, 12. En Hechos de los Apóstoles, Pablo nos cuenta la experiencia sobrenatural de Juan y Pedro, similar a lo ocurrido con el mesías, cuando Pedro, en el nombre de Jesús, ordena a un paralítico que se levante y eche andar, y así fue... y todos los presentes “quedaron estupefactos ante lo sucedido” (Hch. 3:10). Mis queridos lectores, como esos testigos me siento cada vez que reflexiono sobre los milagros de Dios en mi vida y cuando comprendo la obra que Dios ha hecho en la vida de otras personas. Quedo estupefacta, atónita. Me resisto a perder la capacidad de asombro ante las maravillas de mi Dios. Saber de un paralítico que pudo caminar, en el nombre de Jesús, es un hecho milagroso que me impacta, pero lo es también cuando una persona se levanta y deja atrás las limitaciones de su pecado; cuando, en el nombre del mismo Jesús, rompe las cadenas del pasado o emerge de la sima de la amargura; cuando, en el nombre de Jesús, vence los demonios que le acosan. Señor, tu amor, tu misericordia y tu poder me dejan estupefacta cada día.

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