Tiempo para el alma

“Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor”. 1 Jn 4: 8. Recuerdo que hace algunos años escribí un Tiempo Para el Alma sobre este vínculo, y decía en mi reflexión que quien no ama se seca por dentro. Un lector me escribió muy indignado ante tal afirmación; en resumidas palabras, me consideraba poco empática. ¿Cómo convencerlo de mi afirmación? Le escribí sobre mi experiencia de amor, es lo único que podía hacer, pues a amar se aprende amando. El amor es como un motor que nos acciona, pero ese motor necesita algo que lo mueva, combustible, baterías. La fuente motora que nos llena de amor necesariamente nos trasciende. El amor creado en nuestro interior únicamente por nosotros es voluble, sujeto a los vaivenes de la reciprocidad, y variable, se nutre de momentos, de situaciones, de personas que dan esperando recibir, que pasan, que olvidan. El amor puro, y digo verdadero, tiene que nutrirse de una fuente superior que no es voluble ni variable, que da amor porque sí; ama porque es el amor mismo. Dios. Miremos la cruz y pensemos en la infinitud de ese amor sin espacio ni tiempo que lo limiten. Cuando vamos a la fuente del amor verdadero nos abastecemos para sentir y dar amor. Si dejamos el amor a expensa de aquellos vaivenes, podemos hacerlo languidecer y secarlo y secarnos. No sé si es una buena respuesta, solo sé que sin Él mi amor se apoca.

Tags relacionados