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Puntos de vista viernes, 15 de marzo de 2013

EL CORRER DE LOS DÍAS

Una novela de Ofelia Berrido

Marcio Veloz Maggiolo

La novela es casi siempre un universo imaginario, pero su materia prima es generalmente parte de la vida del otro o de uno mismo. Construirla, por lo tanto, es una labor de tejedor o tejedora, en la cual los hilos pueden ser desde sus bordes, la forma de llegar a su estructura. El hecho que presenta en El Infiel, de Ofelia Berrido, está pensado para mostrar las complejas relaciones humanas más: primero la de una sociedad que ocultando su maniqueísmo, atenta contra las biografías de unos personajes en los cuales el miedo, el amor, y el mundo circundante influyen hasta convertir el relato, que en principio parecerá policiaco, en la lucha de dos seres contra sí mismos, contra el entorno, en una creciente relación de amor que al final se deshace de manera trágica con la presencia de Francesca desangrada en una morgue, y de su amante, Arturo Amador, inculpándose del crimen.

Es la historia de dos amantes consolidados en la creencia de que podrán superar el nudo gordiano que a partir del conocimiento de Francesca de que su prometido es casado, desencadena una historia al parecer común, y que alcanza los ribetes de la tragedia frente al secreto develado por quien ella considera su verdadero amigo, amante, protector.

El infiel es la historia de un mundo confuso, de una sociedad del siglo actual o de finales del XX, la que crece impulsada por el arribismo, la mentira y el oportunismo. En ella hasta entonces no cabe la honestidad de Francesca, la arquitecta negada a aceptar sugerencias para hacer cambios en los resultados considerados contrarios a la empresa. Pero esa honestidad a prueba se convierte en derrumbe cuando acepta, (al saber la verdad que ahora determina el verdadero giro de su amor), que hay renuncias imposibles. Así como fue inflexible en su vida profesional, lo fue al revés en su vida pasional. El amor había calado demasiado hondamente para renunciar al mismo. El saber que el engaño era doble, porque ahora en vez de la esposa de Arturo, también lo sufría ella, cayendo por tierra muchas de sus esperanzas, se convertía en angustiosa lucha moral frente a valores pasionales a los que no podría renunciar.

En esta nota no debo ni puedo llegar al fondo de los argumentos que la novelista maneja, porque sería como darle al lector por adelantado la verdad de una historia que en la medida que se acrecienta, nos atrapa. El inicio ya es un elemento de narración clave. Arturo se declara ante su abogado y las autoridades, el asesino de su amada. A partir de ahí la novela se va transformando en una caja de sorpresas que obliga al seguimiento de la obra hasta sus sorpresivos finales, mientras los amantes son las víctimas de una sociedad insidiosa en la cual amigos y amigas constituyen el sazón, el sabor de un caldo de interpretaciones, de consejos, de opiniones, más allá del sufrimiento y la confusión de ambos.

En su estructura El Infiel recurre al pasado para explicar el presente. El cambio de los tiempos corre parejo con la situación emocional de los personajes. En este marco, de pasado a presente intercalados, se trata de la vida de un hijo de familia que emigra a Cuba, a La Florida, adquiriendo saber y experiencias y la de una joven cuya experiencia de la vida se ha centrado en el trabajo, en el análisis de proyectos, en unas tareas en las que embebida ha logrado domesticar un mundo pensado sólo para sus empleadores. Personajes como el oportunista señor Podermesky, las amigas de Francesca, sus compañeros de trabajo, resultan ese antro psicológico que “los demás” representan y de los que Jean Paul Sartre señaló que son el infierno verdadero.

Ante la insistencia de Arturo de declararse culpable de la muerte de Francesca, en ese salto a la etapa presente de los interrogatorios y las dudas sobre su confesión, la autora reconstruye, como en un intento defensa, el cercano ayer de unos personajes que iniciaron su vida amorosa al encontrarse como funcionarios de una Compañía en la que ella estaba destinada a realizar análisis en ocasiones con resultados exigidos para complacer a los dueños y jefes de la empresa.

El manejo de los temperamentos y de las presiones del señor Podermesky, llegado a la Compañía de modo casi subrepticio, usando del arribismo más insólito, confirma la animadversión contra Francesca.

En la mano de Norma, la esposa de Arturo durante años, las obsesiones que generan muerte, se van infiltrando suave y certeramente en la sugerencia textual. No es tan fundamental establecer las ataduras del asesinato. Lo relevante en la novela es el final lleno de descalabros no sólo de Arturo, sino también de su mujer, la que desde la muerte de Francesca, comenzó a percibir el desvanecimiento de sus celos, a la vez desechando lentamente la recuperación del amor que jamás sería el mismo. Atribulada para siempre, un día desapareció envuelta en el desamor y convencida de que el rescate del amor de su marido no había tenido sentido. La biografía de ambos estaba definitivamente dañada.

¿Celos, egoísmo, y odio incubado por la ya añeja traición? El “closet” vacío desde aquella madrugada en la que Norma se fue sin despedirse, venía a confirmar que era imposible rehacer lo ya perdido: el interés de hacer felicidad en lo que sería tragedia, marcado e impuesto por las concepciones de la sociedad y sus más terribles complejos, no podría borrarse ni con la muerte.