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Prisioneros del olvido

María Cristina Rodríguez
mcrodriguez100@yahoo.com

Los gritos eran tan desgarradores que conmovían el alma más endemoniada; salieron del corazón de Centroamérica y se escucharon en el planeta completo. Quedó el profundo silencio de 355 personas reducidas a cenizas en la cárcel de Comayagua, Honduras, el Día de San Valentín de este año. Ocurrió primero en Higüey en el 2005. Allí las llamas consumieron 135 reclusos.

Según la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, en la última década, los incendios carcelarios mataron más de 1,200 hombres y mujeres. Muchos ya habían cumplido condenas, pero sus casos pululaban en el aire como vicho perezoso, y los expedientes andaban extraviados y en un limbo jurídico; una muestra de la fragilidad institucional regional. Nuestra Centroamérica, ístmica e insular comparte la desgracia social de sus cárceles; otra debilidad del Estado de derecho.

Las penitenciarías en la región representan un maldito depresivo infierno terrenal más ardiente que el desierto de El Azizia donde los diablos se mezclan con los ángeles. Allí los ratones parecen animales fantásticos y una furiosa carrera armamentista, portadora de la muerte como una manifestación de poder sobrenatural, cohabitan en una jaula humana manchada de linaje traidor.

Nuestros gobiernos violan los derechos de los que estamos libres pagando impuestos, ¿qué les queda a los mansos y cimarrones que cayeron en el agujero negro legal de este infernal sistema penitenciario medieval?

Hay 993 mil presos en Latinoamérica, dice la OEA. Más de 175 mil están en cárceles salvadoreñas, guatemaltecas, haitianas, hondureñas, dominicanas, panameñas, nicas, ticas, y beliceñas. Estiman que un 50% de ellos lleva años esperando una resolución judicial. Algunos, como Ruperto Padilla, de 50 años, quien nunca le vio la cara a un juez, ya había agotado su condena, pero murió quemado en Comayagua.

Los reos viven apretujados como sardinas en latas por un déficit explosivo de más de 110 mil espacios. Tenemos “almacenados” a 175.000 seres humanos en sitios diseñados para 65.000.  Hoy necesitamos un 24% más espacio que diez años atrás.

 “Algo nos está pasando”, como diría Silvio Rodríguez, porque mientras requerimos cárceles en Centroamérica, en Holanda cerraron ocho prisiones este año, por falta de criminales. En El Salvador hay 25.742 reclusos en 19 cárceles con una capacidad para 8.100. La superpoblación supera el 317%.

En CA tenemos más presos que habitantes en Aruba, St. Marteen, St. Thomas, Santa Lucía, Samoa y Granada, para citar algunos lugares.

Las recurrentes violaciones a los derechos humanos, insalubridad, suicidios, corrupción, trabajos forzados, el déficit de custodias y la carencia de servicios básicos son alarmantes; puro primitivismo que grita a viva voz que el istmo está en coma y languidece.

Muy lejos de nuestra dantesca realidad, las autoridades hablan de sus “nuevos modelos penitenciarios”, haciéndonos creer,  como los blancos a los indios, en la divinidad de los conquistadores. Tenemos más de 175 mil padres y madres, hijos e hijas, maridos y mujeres, hermanos y hermanas, tíos, tías, sobrinos y sobrinas, vecinos y vecinas prisioneros del olvido. Sobreviven apiñados en cárceles que son más bien centros de degradación humana.

Urge un aparato penitenciario reformulado en la realidad. Los cambios deben sentirse detrás de las rejas, no sólo en los escaparates mediáticos. Nuestros presos deben ser liberados de la indiferencia oficial. ¡No más castigo que el que mandan las leyes!

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