Tiempo para el alma
“¡Qué alegría cuando me dijeron: ‘Vamos a la casa del Señor’!”. Sal. 121. 1. ¿Quién no ha escuchado este salmo? ¿Recuerdan la canción al inicio de la celebración eucarística? “¡Qué alegría cuando me dijeron: / ‘Vamos a la casa del Señor’! / Ya están pisando nuestros pies / tus umbrales, Jerusalén...” A muchos nos retrotrae a la época de la niñez. Esto, mis queridos lectores es más que un lindo recuerdo; aplicado como lo hacemos los católicos al inicio de la celebración dominical, es un canto de entusiasmo por la fiesta del Señor. Muchos piensan que la misa es aburrida y no niego que pueda serlo si el celebrante es poco carismático. Para mí lo fue en un momento y opté por disfrutarla: adentrarme en la ceremonia, trascender los símbolos y poner mi alma en el mensaje de Jesús: “Una palabra tuya bastará para sanarme”; atender con avidez las lecturas, ser humilde en la escucha del mensaje, olvidarme del calor o el frio y fijar mi mente y mi corazón en Jesús.

