El “trago amargo” de la reforma
La propuesta de reforma fiscal que presentó el gobierno contiene elementos novedosos y trascendentales que procuran mejorar y hacer menos injusta la estructura impositiva del país. Sin embargo, se cuestiona si se trata de una reforma fiscal integral o si estamos ante otro parche. En cualquier caso, ya lo definió el propio Presidente: “Es un trago amargo” que es preciso apurar rápido. Se ha hablado mucho de la necesidad de una “reforma fiscal integral”. La última de ese tipo ocurrió a principios de los años 90 cuando los ingresos se sustentaban en gravámenes arancelarios. El dramático cambio de rumbo que dio la economía obligó a liberar los mercados permitiendo la libre competencia que hizo inaplazable la modificación del ordenamiento fiscal, aumentando el peso de los impuestos internos en la carga tributaria. Para ello se incrementó y amplió la base del ITBIS y los selectivos al consumo, a las rentas y a la propiedad. Era la única forma de mantener ingresos razonables mientras se desmontaban los aranceles para adecuarlos al nuevo orden surgido de la Ronda de Uruguay y los acuerdos que dieron origen a la Organización Mundial del Comercio. Y como se hizo relativamente bien, de ese proceso surgió una estructura fiscal moderna sobre la que se cimentó el despegue económico que el país ha vivido desde mediados de la década de los anos 90. Ese modelo hace tiempo que está agotado. Desde entonces, no obstante, las sucesivas administraciones han apelado a los “parches fiscales” convirtiendo el cuerpo impositivo dominicano en un autentico esperpento, una especie de Frankenstein. Consecuentemente, se ha montado una estructura impositiva sin la más elemental coherencia y carente de un enfoque hacia la competitividad y la productividad que, además, es muy vulnerable a la evasión por ser sumamente injusta. Eso dificulta y anula el combate contra la pobreza. No es casualidad que a pesar de que nuestro país tiene una de las economías que más han crecido en los últimos 60 años, somos uno de los países donde más se ha ampliado la brecha entre ricos y pobres. Porque cada vez que surge el tema de una reforma fiscal y la necesidad de más ingresos para el Estado, los poderes facticos -empresariales y mediáticos-se alían para salvaguardar sus intereses y al final los platos rotos terminan pagándolos las clases medias y bajas. Es decir, quienes no tienen poder ni fuerza para hacer escuchar su voz. Tres cuartas partes de los ingresos fiscales provienen de gravámenes al consumo, de impuestos indirectos que afectan de igual manera a quienes tienen mucho como a los que tienen poco o nada. Mientras solo un 25 por ciento proviene de impuestos a la renta o a la propiedad. Y aquí no se incluyen los paquetes de exenciones impositivas que benefician a sectores industriales y comerciales que apenas reditúan beneficios sociales o económicos que los justifiquen. Por tanto, una “reforma fiscal integral” en la República Dominicana debería ir enfocada en la dirección de reducir el peso específico que tienen los impuestos indirectos y aumentar la proporción de los tributos directos. Gravando las rentas, los activos, el capital y la propiedad. Pero parece que otra vez esos poderes están por imponerse. La propuesta del gobierno contiene avances importantes, y el presidente Medina asume una actitud valiente al plantear impuestos progresivos como los de circulación de vehículos, los gravámenes a las rentas de toda naturaleza y los ajustes a los impuestos a la propiedad suntuaria, pero aún así deja un sabor amargo que la mayoría de los ingresos que se procuran en esta reforma recaigan sobre impuestos regresivos como el ITBIS o los selectivos al consumo. Debemos unirnos al llamado del presidente Medina cuando invoca el sacrificio de todos para poder mantener la estabilidad de la economía, garantizar el crecimiento sostenible y dotar al Estado de los recursos necesarios para combatir la pobreza, admitiendo con responsabilidad la gravedad de la situación fiscal. Porque ciertamente “es un trago amargo”... pero desgraciadamente tenemos que apurarlo. El gobierno, sin embargo, no debe perder de vista que el trago puede resultar un poco menos amargo si se aplicara una reforma más justa, menos regresiva e inflacionaria, y que al menos la mayoría de los ingresos provengan de impuestos a la propiedad y a la rentaÖ No al consumo. Porque si vamos a terminar en otro parche fiscal, que sea lo menos oneroso posible para los que no tienen nada o les queda ya muy poco. Queda la esperanza de que se trata de una propuesta que el gobierno ha lanzado para ser discutida... ¡Manos a la obra! Vamos a discutirla, a aportar y a mejorarla. Ante el imperativo de lo inapelable, el esfuerzo del gobierno es bueno y loable. Pero también mejorable.

