¡Qué grande era Rubén Darío!
Renace Rubén Darío en la presencia del amor, en la trascendencia de la palabra alada, en los ritmos musicales de sus versos, en los reinos lejanos del sol y los ensueños. Poeta universal, el más grande, el gigante de la poesía de un continente, que trilla auroras con el candor iluminado de sus imágenes. ¿Dónde se encuentran sus musas, sus peldaños augustos y regios, el protocolo de lunas y jardines, donde el poeta es un pájaro de lumbre, caracol y cabellera del alba? ¿Dónde su destino de alborada, su alma sombría, las cuitas de la princesa? “Yo, Rubén Darío (memorias póstumas de un Rey de la Poesía)”, del conocido escritor, Ian Gibson, hispanista, constituye una obra magistral, en la cual, este escritor asumiendo en primera persona la vida del poeta nicaragüense, reconstruye cada una de las etapas de la vida de Darío; es el poeta quien habla, sin dejar de citar cada experiencia situada en el contexto histórico concreto. Toda la evolución de su vida desde sus iniciales momentos de consagración. Darío dice: “La sagrada selva de mis poemas eróticos, saturada de la brillante luz del padre Sol, es, en primer lugar, la de Nicaragua, país de lagos y florestas tropicales, donde el guayacán y el hicaco extienden sus copas y se entrelazan los ceibos. Luego yo le iría añadiendo elementos griegos sacados de mis apasionadas lecturas de mitología y de los poetas franceses. ¿Había en mis venas alguna gota de sangre de África, o de indio chorotega o nagrandano? Estoy convencido de ello. Hijo de tres razas solares ñla española, la negra y la india ñ yo era un alma vegetal y milenaria. Por algo el gran Miguel de Unamuno, con quien tendría algún pequeño roce, gustaba de decir que a Rubén se le ven, debajo del sombrero, las plumas del indio”. A Darío, con esa fuerza telúrica incontenible de su expresión creadora se le vio con reservas en España, intentaron ridiculizarlo, con el sentido peyorativo de asociarlo al indio, desconocedores de que su filón poético provenía de esa fusión de razas, del ese orden cósmico de mezclas, que hicieron del poeta el cantor más alto de su tiempo. Admirador de Víctor Hugo, Darío confiesa: “Ante el ceño fruncido del coloso Hugo temblaban los dictadores, los opresores, los tiranos de toda laya. Luchó contra la pena de muerte. Pidió la vida de pobres nihilistas al zar blanco de Rusia, y la del rubio Maximiliano al presidente indio de México. Para su anatema no había distancia ni diferencias. Era, para el siglo XIX, la misma libertad hecha carne y hueso. En un poema de esta época que le dediqué en un arranque de entusiasmo, canté: Libertad, Libertad, cuando te nombro/siento en mi pecho una emoción profunda: todo mi ser se inunda/de divina poesía, y palpita de gozo el alma mía...”. Confiesa Darío su admiración por la literatura francesa, cuando dice: “Hubo otros descubrimientos, o revelaciones, el Flaubert de la Tentation de Saint Antoine, los artículos de Paul de Saint-Víctor, Baudelaire... Todos ellos me aportaron una inédita y deslumbrante concepción del estilo. Acostumbrado al eterno clisé del Siglo de Oro español, así como a la indecisa y nada incitante poesía castellana del momento ñNúñez de Arce, Campoamorñ, encontré en los franceses no sólo una mina literaria por explotar sino un estremecimiento nuevo”. Rubén escribe esta preciosidad trascendente: “Mes de rosas. Van mi rimas/en ronda a la vasta selva/a recoger miel y aromas/ en las flores entreabiertas/Amada, ven. El gran Bosque/es nuestro templo. Allí ondea/y flota un santo perfume/de amor. El pájaro vuela/de un árbol a otro y saluda/tu frente rosada y bella/como a un alba; y las encinas/robustas, altas, soberbias/cuando tú pasas agitan/sus hojas verdes y trémulas/y enarcan sus ramas como/para que pase una reina/¡Oh, amada mía! Es el dulce/tiempo de la primavera.../No quiero el vino de Naxos/ni el ánfora de asas bellas/ ni la copa donde Cipria/al gallardo Adonis ruega/Quiero beber el amor/sólo en tu boca bermeja/¡Oh, amada mía! Es el dulce/tiempo de la primavera”. Darío, creador del “modernismo” en literatura, movimiento que transformó la lengua, innovó y proyecto nuevas dimensiones al acto creador. Para el poeta la vida sin amor era vacía: “Amar, amar, amar siempre, con todo/el ser y con la tierra y con el cielo/con lo claro del sol y lo obscuro del lodo/amar por toda ciencia y amar por todo anhelo/Y cuando la montaña de la vida/nos sea dura y larga y alta y llena de abismos/amar la inmensidad que es de amor encendida/¡y arder en la fusión de nuestros pechos mismos!”.

